AQUELLOS SILENCIOS QUE MI ALMA HA GUARDADO DURANTE TANTOS AÑOS,AHORA HABLAN EN ESTE RINCÓN PERDIDO, EN EL QUE SE ENTREMEZCLAN LOS ECOS DE LO REAL Y LO IMAGINARIO, QUE LLEGAN, DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MIS ADENTROS.

Tú acomódate, desnuda tu cuerpo y tu alma, embriágate del aroma a sándalo… y sueña.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Cuando...




Cuando el amor llega en su eternidad, en su para siempre.
Cuando lo perdonas todo, porque no hay nada que perdonar.
Cuando el cielo es del color de sus ojos, y tu piel huele a su piel.
Cuando la pasión nace con un simple recuerdo, y cada noche tienes con quien soñar.
Cuando un triste día todo se acaba, y el para siempre es un nunca más.
Cuando ya no perdonas, porque no se puede perdonar.
Cuando el cielo esta gris, y tu piel fría como la escarcha sobre el cristal.
Cuando la pasión muere, y ya no puedes soñar.
Cuando la nada es un todo, y no queda nada por lo que continuar.
Es hora de decir adiós, y marcharse… sin mirar atrás.


martes, 12 de febrero de 2008

Sin tí


Todavía sentía sus manos sobre su cuerpo, todavía le ardía el alma, pero ella ya no estaba. Había marchado a otro sitio, a otro lugar. Ni siquiera se había despedido, ni un beso, ni una caricia, ni un adiós. Y él, desnudo de cuerpo y alma, en la soledad absoluta, observaba cómo el mundo oscurecía. Oía el crujido de la desesperación, él se lo había dicho –no puedo vivir sin ti-, pero ella no le había hecho caso, sólo una ligera sonrisa para una verdad tan dolorosa. Ahora todo cambiaría, ella siempre lo recordaría, en sus oídos resonarían como martillos incansables golpeando sin cesar una y otra vez sus palabras, -no puedo vivir sin ti-. Ahora, formaría parte de su vida para siempre, ella nunca le podría olvidar.
El sueño se apoderaba de él, el sueño eterno en el que deseaba descansar. Mientras se adormecía recordó sus ojos castaños, sus labios de seda, y el olor de su piel. Sonrió tranquilo, sereno, lleno de amor, de paz, y en su último suspiro con un leve susurro se despidió…Adiós, vida mía.

miércoles, 23 de enero de 2008

El desván




Cuando yo era una niña, solíamos pasar los veranos en casa de mi abuela. Ella vivía en una antigua casa de Santa Pola, un pueblecito a 17 Km. de Alicante, en la calle José Alejo Bonmatí para ser exactos. Era una casa grande, un caserón cuya puerta de entrada de madera maciza, tenía un palmo de grosor.
Cuando entrabas en ella, era como retroceder en el tiempo. Candelabros, espejos abombados y calderos de cobre, convivían con hermosos suelos de cerámica y techos adornados con imponentes rosetones. Había dos estancias que me gustaban especialmente, la cocina, con el hogar siempre encendido y su gran puerta de arcada con salida al jardín, y el desván. A mis tres hermanos este último nunca les gustó. La mayor decía que ahí sólo encontraría fantasmas, mi hermano que todo eran trastos viejos, y la mediana que le daba asco tanto polvo. Así que yo siempre subía sola. Creo que allí empezó mi afición por la restauración, disfrutaba limpiando y adecentando algunas de las piezas que dormitaban entre las telarañas.
En los días claros, el sol entraba por una bonita buhardilla desde la que se veía el mar, y en los días grises me alumbraba con un viejo candil bastante oxidado. Siempre había algo nuevo por descubrir, desde un pequeño portarretratos con alguna foto en blanco y negro, hasta antiguos libros de hojas amarillentas. Yo siempre decía que si todo aquello no lo quería nadie, sería para mí, aunque al final sólo conseguí algún que otro libro, que lógicamente conservo como oro en paño, y alguna cosa más.
Un día rebuscando en un gran baúl de cuero, encontré una caja de madera, en cuya tapa había tallada una flor de lis, tenía una cerradura de la que no encontré la llave, y que intente abrir con un gancho como ya había hecho con otras, pero me fue imposible. Cogí la caja y bajé a enseñársela a mi abuela para ver que me podía explicar sobre ella, pero no hubo suerte, según me dijo nunca antes la había visto, así que no tenía ni idea de que podría llevar dentro. Le pedí permiso para forzarla y ella me lo dio, así que volví al desván y me puse manos a la obra. Lo intente haciendo palanca con un destornillador, quise saltar la cerradura con un escarpelo y un martillo, pero no hubo forma, tenía miedo de dañar la madera, así que la volví a guardar en el baúl de cuero, y me olvide de ella.
Años más tarde, cuando estaba estudiando arquitectura, decidí pasar unos días en casa de mi abuela para preparar los exámenes finales. Yo estudiaba en una acogedora estancia de grandes ventanales, desde los que contemplaba los rosales de los que tanto se enorgullecía mi abuela, y me permitía el lujo de utilizar un precioso secreter del siglo XVIII, en el que disfrutaba guardando notitas en sus escondidos y disimulados cajoncitos.
Una tarde gris de tormenta nos quedamos sin luz, así que mi abuela y yo tuvimos que encender todos los candelabros, quinqués, candiles y lámparas de aceite que había en la casa. Como iba bastante adelantada en mis estudios y el apagón había roto mi concentración, decidí recuperar antiguas notas rebuscando en los cajoncitos del secreter, y al abrir uno de ellos hallé una pequeña llave de plata en cuya empuñadura había grabada una flor de lis. El corazón me dio un vuelco, puesto que ese mismo cajón lo había abierto un millón de veces, y nunca había visto esa llave. La cogí, y me dirigí al salón donde mi abuela conversaba animadamente con dos amigas, mientras degustaban un tazón de chocolate caliente y melindres.
-Abuela ¿has guardado tú esta llave en el secreter? (le pregunté)
Ella se colocó bien las gafas para poder observarla, y pensativa me contesto:
-No hija no, aunque es francamente bonita.
Y continuó hablando con sus amigas.
Cogí el delicado quinqué de cristal tallado que descansaba sobre el buró, y emprendí mi camino sabiendo lo que iba a buscar.
Al entrar en el desván, pensé que por suerte aunque la luz no había vuelto, la tormenta sí que había remitido, porque sino aquello iba a parecer la típica escena de una película de terror, que aunque no me considero una persona miedosa, he de reconocer, que aquella situación me puso un poco nerviosa.
Dirigí mis pasos al baúl de cuero, lo abrí, y comencé a rebuscar en su interior, en seguida di con ella, la cogí y permanecí unos segundos observándola maravillada, la luz del quinqué resaltaba los brillos de la madera bien lustrada. Introduje la llave en la cerradura y casi podría asegurar que giró sola, en ese mismo instante, un agradable aroma a ámbar perfumó la estancia. Levante poco a poco la tapa, como con temor a romper algo, y frente a mis ojos apareció un precioso anillo de oro rojo, en el que lucían engarzadas tres piedras de ámbar, una negra, una naranja y una roja. Me probé el anillo en el dedo anular, y comprobé que me iba perfecto. No sé cuanto tiempo pase observándolo, pero cuando me levante del suelo ya había anochecido.
Las amigas de mi abuela ya se habían marchado, y ella preparaba un gazpachuelo para la cena.
- Abuela, mira que he encontrado
Le dije enseñándole la mano en la que lucía el anillo. Ella mirándolo con cara de asombro exclamo:
- ¡Oh! ¡Dios mío!
- ¿Qué pasa abuela? (Le pregunté asustada)
Ella se sentó en una de las sillas que rodeaban la gran mesa de cocina, y con voz ronca y semblante triste, empezó a relatar:
- Tu abuelo antes de conocerme, se casó con una joven muchacha. Al poco de casados, ella se quedó embarazada, y tras un complicado embarazo, nació un precioso niño de ojos azules…, tu padre. A los veinte días de dar a luz, la muchacha desapareció dejando una nota en la que explicaba que no se sentía capaz de criar a un bebe, y que ni tan siquiera estaba segura de estar enamorada de su marido.
Yo conocí a tu abuelo tres meses después de la tragedia, estaba sólo y triste, a cargo de un recién nacido al que no sabia muy bien como cuidar.
Me enamoré enseguida de él, y creo que él de mí también. Movimos todo lo necesario para podernos casar y hacer que el niño constara como hijo mío. Que es como lo he considerado siempre… hemos sido muy felices los tres juntos. Y ése (dijo señalando mi mano), fue el anillo de prometida que le regaló tu abuelo, a tu abuela.
- Abuela, tú eres, has sido, y serás, siempre mi abuela. Pero no sé porque no me lo habéis contado antes, o es que ¿ni siquiera mi padre lo sabe?
- Sí, tu padre sí lo sabe, se lo explicamos tu abuelo y yo. De hecho fue él, el que decidió que nadie más debía saberlo. Así que ni tu madre, ni tus hermanos saben nada, y ahora te toca a ti guardar el secreto.
Me quité el anillo y cuando me levanté para ir a guardarlo en su sitio, oí a mi abuela decir:
- Creo que deberías quedártelo, pero eso sí, que no lo vea tu padre, dijo que nos deshiciéramos de él.
Así lo he hecho a lo largo de todos estos años, y siempre me he preguntado, si mi abuela sabía lo que había dentro de la caja, y si fue ella la que puso la llave en el secreter… hay secretos en la vida, que uno no quiere llevarse consigo.
Nunca he sabido muy bien que hacer con la preciosa joya, pero ahora que soy madre adoptiva de una lindísima niña, que curiosamente tiene el mismo nombre que el que está grabado en el interior del anillo, he decidido guardárselo, ya que como no creo en las casualidades, y sí en el porqué de las cosas, estoy segura que hace ya muchos años, lo compró su bisabuelo para ella.

lunes, 21 de enero de 2008

Para todos los vanidosos


¡Cuánto tiempo! Desde el año pasado que no vengo por aquí, he estado un poco ocupada con las fiestas y esas cosas ya sabéis, y además he encontrado un sitio en el que me gusta perderme, se llama Carpe Diem, os invito a que lo visitéis, seguro os gustara, allí me encontrareis, con otro nombre, pero enseguida me reconoceréis.
Bueno feliz año, y que el 2008 cumpla vuestro deseos.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Sin espacio ni tiempo




Había parado el coche en el mirador de la carretera. La luna casi llena iluminaba la playa dejando ver la furia de las olas estrellándose contra las rocas. La espuma tenia un brillo fluorescente que hipnotizó a Alberto.
Allí se quedó, parado, con la mirada fija en el mar y una tristeza que no terminaba de entender quemándole las entrañas.
Que absurdo era todo, tenía 38 años y se sentía enamorado como uno de quince, con ese pensar cada momento en ella, con esas ganas de llorar al no poderla ver, y ese cosquilleo en la barriga cuando la tenía cerca. Era irracional y delirante, las emociones le revolvían el estómago hasta darle ganas de vomitar, y lo peor de todo era no poder controlar los sentimientos.
Hacía ocho años que vivía con María y tenían dos hijas gemelas de seis. Su relación era buena, con sus altos y sus bajos, como todas, estancada en la rutina de la vida cotidiana, como tantas y tantas parejas que forman una familia.
A Ángela la conoció por casualidad, cada año en la empresa les obligaban a hacer cursillos, esta vez podían elegir entre psicología, ingles o relajación. Alberto había elegido relajación, porque la psicología le aburría soberanamente y para el inglés era un completo negado. Las clases eran de dos horas el primer jueves de cada mes, en horario laboral, de seis a ocho, así que cuando terminaba se iba a casa directamente.
Al principio Ángela no le había llamado la atención, era la profesora, tenía 42 años como ella misma confesó al presentarse el primer día de clase. El pelo castaño por encima de los hombros, casi siempre recogido con una pinza, y los ojos pardos, con una mirada entre melancólica y misteriosa. Poco a poco Alberto se había comenzado a sentir profundamente atraído por ella.
Últimamente cuando hacía el amor con Maria pensaba en Ángela, nunca antes había hecho una cosa así, y no se sentía bien, puesto que el amaba a su mujer, pero no podía evitarlo. Pasaba los días contando los que le faltaban para verla, y cuando llegaba el momento se sentía nervioso, luego, al terminar la clase, le inundaba una tremenda tristeza.
Observaba a Ángela para poder adivinar si ella sentía algo parecido hacia él, pero no advertía el menor indicio de acercamiento, quizá más bien, una cierta indiferencia.
Se estaba obsesionando y eso empezaba a preocuparle.
Una tarde fría y lluviosa al llegar a la pequeña academia la encontró cerrada, empujó ligeramente la puerta y sin ofrecer resistencia se abrió. Estaba todo en penumbras, sólo al final del pasillo brillaba una tenue luz. Alberto avanzó lentamente dejando atrás la puerta del aula en la que acostumbraban a dar clase, extrañado por el silencio y la quietud:
- ¿Hola? (dijo quedo).
- Adelante. (contesto Ángela)
Alberto siguió caminando hasta llegar al lugar de donde se filtraba la luz, dio unos ligeros golpecitos en la puerta con los nudillos y la abrió lentamente. El olor a incienso natural impregnaba el aire, e hilillos de humo bailoteaban en la penumbra al suave ritmo de la música sacra, que sonaba suavemente en la media luz creada por las lámparas, que tapadas con pañuelos de seda le daban un ambiente exótico a la sala. Allí, sentada en un gran cojín que descansaba sobre una mullida alfombra de pelo, estaba Ángela con las piernas entrecruzadas y sujetando con sus manos un gran tazón humeante.

- Hola, (le dijo sonriente) ¿Qué haces aquí? Hoy no hay clase ¿no te han avisado?
- Pues no la verdad, nadie me ha dicho nada.
- Siento que hallas venido hasta aquí, pero yo esta mañana llamé a la empresa para decirles, que como algunos alumnos me habían avisado que no podrían venir, pasábamos la clase al jueves que viene.
- Bueno da igual, no te preocupes así me he paseado y de paso, escaqueado del despacho
- ¿Quieres una infusión de azahar? (le dijo mostrándole el tazón que tenia entre las manos)
- ¿Una infusión de azahar? (le contesto él sorprendido)
- Si bueno, desde jovencita mi madre me la daba para los dolores menstruales, pero no te asuste también sirve para relajarse, conciliar el sueño y más cosas. Y la verdad es que está muy buena, pero si quieres tengo Hierba Luisa y Escaramujo.
- ¡Humm! La Hierba Luisa me encanta, pero no quisiera molestarte.
- No es molestia, mira, tú coge ese cojín de ahí, acércalo y ponte cómodo, mientras yo te preparo la tisana (le dijo mientras se levantaba y le señalaba un gran cojín de terciopelo rojo, que estaba junto a otros más pequeños en un rincón de la habitación).
Alberto se sentía tranquilo, relajado, un calido bienestar invadía todo su cuerpo. Puso su cojín junto al de Ángela, y observando como preparaba la infusión, supo que algo iba a cambiar ese día, ese momento.
Hablaron del crecimiento personal, la meditación, el tantra, “la ciencia de la vida”el Ayurveda, al final, para hacer una demostración práctica Ángela le ofreció un masaje relajante, y Alberto propuso que fuera al revés, él le daría el masaje, guiado por ella. Después de una pequeña discusión, cubrieron la alfombra con unas toallas, pusieron unos cojines y Ángela le dio una botellita de aceite de ciprés, luego se quito toda la ropa menos las braguitas y se tumbo boca abajo. Alberto que se había ido al baño deliberadamente para que ella se sintiera más cómoda, entró en la habitación y al observarla casi desnuda, sintió como se le aceleraba el corazón. Lentamente se impregnó las manos con el aceite, y las puso sobre su espalda, era una piel suave tersa, empezó a acariciarla y Ángela comenzó a guiarle. Al principio la oía lenta, segura, con la voz calmada, luego y poco a poco dejó de oírla, sus manos se deslizaban como encantadas, presionando con delicadeza, sintiendo la calidez, los músculos relajados pero fuertes se revolvían entre sus manos que moldeaban los muslos firmes. Al subir por sus caderas, Alberto sintió que se mareaba, le parecía que todo daba vueltas. Ya no sentía el aroma a incienso ni al aceite de ciprés, sólo la olía a ella, la fragancia de su piel, su feminidad, su esencia de mujer. La música sacra ya no se escuchaba, únicamente un ligero y suave tintineo de cascabeles repiqueteaba en sus oídos, cerro los ojos y aspiró fuerte, al volverlos a abrir vio como una ligera neblina les envolvía. Un suave gemido lo sacó de su éxtasis. Lenta muy lentamente Ángela se dio la vuelta, sus pechos maduros representaban la belleza en si, serena, calida, la belleza amada, deseada, la del fondo del amor, la que te enloquece, la que te hace vibrar. Poco a poco Alberto fue subiendo su mirada hasta enlazarla con la de ella, en sus ojos vio el universo lleno de estrellas, de planetas, de vidas, vio en ellos la transparencia de los ríos, la pasión del fuego, la energía de la tierra.. Y sabiéndose perdido se dejó llevar, cayó vencido.
Perdieron la noción del tiempo, del espacio, haciéndose el uno del otro, perdiendo su identidad, entregando aquello tan profundo, tan íntimo, que duele tanto sacar. Los dos en silencio, exhaustos, permanecían quietos, apretados el uno contra el otro, calados de temor, seguros de que ya nada volvería a ser igual.
Sonó el teléfono inquieto, exigente, Ángela corrió a cogerlo
La realidad le abofeteó la cara, era su marido preocupado, ella se excusó, le dijo que ya pronto estaría en casa.
Alberto se vistió, ella desnuda lo observaba, se abrazaron, él hundió la cara en su cuello e inhaló su aroma, se lleno de ella, se besaron y poco a poco separaron sus cuerpos. Sabían que era el principio, pero que debía ser el final. Sus almas se habían encontrado a través de sus cuerpos, y ahora sus cuerpos se decían adiós con el dolor de sus almas.
Ángela supo que su vida iba a cambiar, hablaría con su marido, no quería engañarlo, ni hacerle daño, era injusto seguir a su lado sabiendo que nunca podría darle, lo que se había llevado Alberto. Alberto por el contrario, seguiría con María en su rutina cotidiana, imaginándola Ángela, en cada momento.
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Para todos los vanidoso




Felices fiestas y que el año próximo os traiga lo que realmente necesitéis. Yo os he querido hacer un pequeño regalo en el que he puesto toda mi ilusión, deseando que os guste, si no es así lo siento de corazón, pero os prometo que en el 2008 lo intentaré hacer mejor.
Muchos, muchos, besesitos para todos.

martes, 11 de diciembre de 2007

Uno más


Hoy cumplo cuarenta tacos, ¿por qué no decirlo?, cuarenta añazos, cuarenta añitos, cuarenta primaveras, o en mi caso, cuarenta otoños. Felices e infelices, de amor y desamor, de alegrías y tristezas, de salud y enfermedad, hasta que la muerte venga a buscarme.

Estoy contenta como siempre, nada especial, alegre porque me miro en el espejo y me veo de puta madre, y sorprendida porque al mirar algunas fotos me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Pero sigo siendo yo, la misma que hace veinte años cumplió veinte, la que al cumplir treinta, se sintió mejor que nunca, y ahora con cuarenta, se encuentra insuperable, ¿a los cincuenta seguiré pensando lo mismo? Supongo que si.

En un día como hoy quiero dar las gracias por lo que tengo y por lo que no tengo, disculparme por esos momentos en los que me quejé de algo, avergonzarme por los días en los que me sentí desgraciada, y expresar, que me arrepiento de las veces que malgasté mi tiempo con un cabreo, de las que me callé un te quiero y de las que escatime un beso. Por eso seguiré en mi empeño, de robarle al tiempo su paciencia, aprender del verano la alegría, y del otoño el sosiego, para igualarme en belleza a la primavera, con un toque de misterio del invierno.

Y no puedo despedirme sin antes recordar a todas y cada una de las personas que se han cruzado en mi camino, porque de ellas aprendí, y a todos los animales que formaron parte de mi vida, porque ellos también me enseñaron, y decir, que de unos más y de otros menos, pero de todos, me quedo con lo más bueno, que soy como soy, intentando mejorar eso si, intentado no perder nunca la ilusión, intentando siempre, cumplir un sueño.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Fuego Interior


“Este fuego que ya no calienta”, canta Fiti con esa voz que me llega al estomago haciéndome cosquillas, y es verdad que ya no calienta, aunque otro me quema por dentro, otro fuego nuevo, extraño, carismático, vertiginoso. Otro fuego que me remueve las entrañas y despierta mis miedos. El fuego de la pasión, de lo prohibido, del peligro, un fuego que ni siquiera sé si existe o si ha prendido llama, pero que me hace volar y eriza mi piel.Si cierro los ojos, siento que me quiero quemar, quiero arder entre las llamas, aunque luego, más tarde, en la tranquilidad, en el sosiego, me balanceo en el agua que todo lo calma, y vuelvo a la rutina, con su equilibrio, su estabilidad, su templanza, es como morir por dentro, en silencio, en soledad, en la nada. Pero siempre me quedaran los sueños en los que ardo apasionada, en los que mi piel al rojo vivo no se apaga, y mi corazón estalla. Sueños en los que muero delirada quemándome entre las llamas, mientras escribo mi nombre, un nombre, que ya, no me dice nada

jueves, 4 de octubre de 2007

Sofía


Como cada mañana, a las 08’00 en punto, sin retrasarse un segundo del reloj digital que le salió a su madre en un tambor de detergente. Sofía emprendía el camino hacia la escuela. Hoy su madre no quería dejarla marchar, pues había oído en la radio que habrían ventiscas, y con el frío que hacia y la nieve que había caído durante la noche, era mejor que se quedara en casa, además así la ayudaría a ella con las tareas del hogar. Sofía insistía en que habían dicho que las ventiscas serían por la tarde noche, y que hoy en clase de naturales estudiarían la fotosíntesis, y ella no se lo quería perder.
Iba contenta, aunque hacía un frío que pelaba, su abrigo era heredado de una prima suya que a su vez lo había heredado de su hermana mayor, así, que después de tantas lavadas estaba más fino que el papel de fumar. Llevaba el gorro que le había hecho su madre, una bufanda de lana apelmazada que le irritaba el cuello, y unos guantes que tenían más agujeros que un queso gruyer, pero eso sí, se había puesto dos pares de calcetines y las botas de agua forradas de borreguillo que le había regalado su abuela hacía ya dos años. Se las compró grandes para que le duraran, aunque ahora ya empezaban a apretarle, pero al menos los pies los llevaba calentitos.
Cuando ya se había alejado de la casa, sacó a Cecilia de su vieja cartera. Cecilia era una bonita muñeca de trapo que había hecho ella misma, y que escondía, porque los ojos eran dos delicados botones de cristal azul que había cogido del costurero de su madre.
- Mira Cecilia que bonito está todo tan blanco. ¿A que nunca lo habías visto tan nevado? ¡Mañana es mi cumpleaños! ¡Cumplo 10 años! ¡Así que le pediré a la princesa de las Nieves que te convierta en una niña de verdad, para que podamos jugar, reír y saltar juntas! ¿Te imaginas, Cecilia? ¡Eso sí que sería un regalo de verdad!
Sofía se agacho para hacer una bola de nieve con su mano derecha, mientras aguantaba
a Cecilia con la izquierda.
-
¡Uf! Como me duele la espalda, es de los golpes que me dio el otro día papá, se enfadó mucho, pero es que tenía razón, se me calló el vaso de leche que me había pedido, y la leche no se puede desperdiciar, pobrecito ¡va siempre tan cansado!, perdió los nervios y me atizó con el cinturón. Ahora ya me duele menos, así no se me olvidará, y la próxima vez, tendré más cuidado.
Parece que se está levantando aire, ¡Mira Cecilia! ¡Empieza a nevar!
Sofía siguió caminando, sus pasos eran lentos debido a la nieve en la que se hundían sus pies, y a la resistencia que empezaba a ponerle el viento.
- ¿Has visto que hoja tan bonita? Se la voy a llevar a la Señorita Ana para que la cuelgue en la pared, casi todas las que hay decorando la clase las he llevado yo. (dijo abriendo la cartera). La guardaré junto al almuerzo, que hoy he tenido suerte, anoche a papá le sobró un trocito de queso y un buen mendrugo de pan, así que hoy Natalia no se podrá reír de mi diciendo que sólo como pan duro como los tontos. Ella siempre lleva bocadillos de pan crujiente untado en mantequilla, con jamón cocido, chorizo, queso, e incluso algunos días los lleva con jamón cocido y queso a la vez. A veces me gustaría decirle que me lo deje probar, pero no se lo pido porque sé que no me dará, y encima se reirá de mí. ¡Hala! son las 08’20 y todavía no hemos llegado al gran castaño, como no me de prisa llegaremos tarde, pero es que cada vez me cuesta más andar con este viento.
Sofía iba encorvando poco a poco su cuerpecito para poder avanzar entre la ventisca, el frío que traspasaba fácilmente su viejo abrigo iba calando en sus pequeños huesos, y el cansancio sin que se diera cuenta, se iba apoderando de ella.
-
Cecilia ¿sabes una cosa? El otro día cuando papa entró en mi habitación, ¿te acuerdas que yo te apreté fuerte contra mi pecho? Se acostó en mi cama junto a mi, y metió su mano por dentro de mis braguitas, yo no quería y comencé a llorar, pero él me dijo que estuviera tranquila, que lo hacía porque yo era una niña mala, y que si se lo decía a alguien me mandarían a un colegio de niñas malas donde ya no podría ver nunca más, ni a mamá, ni a mis hermanitos. Yo no quiero ir a ese colegio, tengo que aprender a ser buena, yo sé que papa lo hace para enseñarme, que él no lo quiere hacer, ¡pero yo soy mala!, Cecilia ¿crees que alguna vez podré ser una niña buena?
Sofía seguía caminando por el sendero que le llevaba al único sitio donde conseguía ser feliz, y hoy era un día especial, ¡iban a estudiar la fotosíntesis!, pero cada vez tenía menos fuerza.
- ¡Mira Cecilia esa piedra! Nos sentaremos un ratito para descansar, si llegamos un poquito tarde yo se lo explicare a la Señorita Ana, y ella lo entenderá, es tan buena, nunca me castiga y siempre dice que soy una niña muy lista.
Sofía se sentó junto a la piedra para resguardarse del viento, y metió a Cecilia dentro de su abrigo para protegerla del frío. Miró su reloj digital y vio que eran las 08’45, ahora me levanto, pensó, pero siguió sentada observando sus manitas enfundadas en esos guantes raídos, que aunque eran viejos a ella le gustaban. Sacó la hoja de su cartera y contemplándola murmuró, seguro que a la Señorita Ana le encanta, pero una ráfaga de aire se la quitó. Sofía observó como se la llevaba el viento haciendo piruetas, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Volvió a mirar el reloj y vio que marcaba las 09’00 en punto, hoy llego tarde, ¡nunca dejaré de ser una niña mala! Cerró los ojos y dejó de sentir el frío y el viento en su cara, cuando los entreabrió vio una figura que se acercaba a ella
- ¡Oh Cecilia, eres tú!
Exclamó sonriendo, por fin su sueño se había hecho realidad…, y Sofía se quedó dormida.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Para todos los vanidosos


Hola queridos y queridas, aquí estamos en un nuevo otoño, callado intimo y melancólico, ¡como me gusta!, me encantan las tardes cortas, grises y lluviosas, que hacen latir con más fuerza los corazones de los enamorados, que arropan las ocultas historias de los amantes y agudizan el ingenio de los poetas. Quizás entristezcan un poco a los solitarios, pero sus calidos colores ocres y sus húmedos olores, nos devolverán a la tan enriquecedora vida interior, que en verano siempre dejamos un poco de lado.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Mi ángulo


Estoy aquí en mi ángulo, el que casi nadie entiende, en el que soy yo, desde el que vivo mi soledad.


El ángulo que me hace extraña, rara, diferente. El que me hace sentir bien, y a veces mal.


Un ángulo que no comparto, por íntimo, por propio, por personal. Aquel que me ha costado entender, aceptar, asimilar.


El que da perspectiva a mi personalidad, que me hacer ser como soy, para bien o para mal. Ni mejor, ni peor que nadie, simple o intrincadamente yo, así tal cual.


Y desde fuera, los demás, que digan lo que quieran, que opinen si quieren opinar, que yo seguiré aquí, en mi ángulo, porque me gusta, porque es el mío, y ya está.


Lo demás, sinceramente, como que me da igual.

martes, 4 de septiembre de 2007

Reflejo de una tristeza


Hola mi yo, ausente durante todos estos años.
Vienes de querer vivir un sueño, que por irreal, se convirtió en pesadilla
Pero hoy estas aquí, de vuelta de la nada.
Dispuesta a vivir, a comenzar una vez más, segura de que esta será la de verdad.
Traes las manos vacías y las maletas llenas, pero te da igual, ¿Qué más da?, me preguntas desde tu soledad.
Pongo la mano sobre el espejo, mi pulgar sobre tu pulgar. Un cosquilleo encoje mi estomago, y es que da vértigo volver a empezar. Pero ese es el precio de la felicidad.
¿Llegará, verdad? Te pregunto indolente. Te sonríes, pues no lo puedes asegurar.
Lo que si tienes claro, es que no vas a dejar de buscar.
Mientras haya camino, habrá pasos para andar.

viernes, 31 de agosto de 2007

Clara, Clarita, y los vientos de amor


En la tarde rizada y fría, como si fuera de otoño, Clara, Clarita, como siempre la llamaba él entre susurros tiernos y jadeos de amor. Permanecía quieta, estirado su escueto cuerpo sobre la roca, escueto y carente de voluminosas curvas, aunque no por ello falto de sensualidad.

Clara, Clarita, como siempre la llamaba él, observaba con sus redondos ojos, dos pájaros que volaban juntos, unidos como dos cerezas enlazadas por el mismo pedúnculo. La muchacha de oscuros cabellos, no es que fuera una erudita en la materia pajaril, pero a esos dos los tenía bien calados. Eran una hermosa pareja de albatros, los conocía por su bonita historia de amor.

Clara, Clarita, como siempre la llamaba él, en una tarde de otoño de esas de las de verdad, escuchaba a su padre, que sentado junto a la chimenea asando piñones del pino de su jardín, le contó que los albatros eran pájaros monógamos que cuando les faltaba su pareja, eran capaces de morir de amor. Aquello le impresionó tanto que dejó de soñar que era una princesa, para imaginarse sobrevolando los mares en la dirección del viento, junto a su amado, y supo con certeza ciega, que no cesaría en su vuelo hasta encontrar a su albatros.

Clara, Clarita, como siempre la llamaba él, sintió sobre sus labios unos labios salados de mar. Y Clara, que no Clarita, abrió sus redondos ojos, y mirando los de él, brillantes como los rayos del sol sobre las olas, se levantó, y lanzándose al mar, se alejó nadando en esa tarde rizada y fría, como si fuera de otoño.

Para todos los vanidosos




Bienvenidos a los que regresáis, hasta pronto a los que os marcháis, y simplemente hola, a todos los que permanecéis en vuestro lugar.
Como veis no he podido esperar más y aquí estoy de vuelta, aunque nunca me fui. He aprovechado para poner un poco en orden este desván desvencijado. Sin embargo, he de confiaros un secreto, y es que soy una fiel amante del desorden; personal, íntimo, cálido. En un lugar ordenado todo el mundo es capaz de encontrar algo, en mi desorden sólo lo encuentro yo, y eso me hace sentir bien. Quizás alguien pueda decir que es una forma fácil de maquillar un defecto, ya que soy desordenada por naturaleza, pero lo cierto, es que el orden me aburre.
El caso es que me entusiasma continuar lo que empecé, y me alegra volver a saludaros a todos, que aunque pocos (de momento), formáis mi gran tesoro.Y a todos aquellos, que lo sé, que habéis entrado en mi desván y sigilosamente habéis abierto la tapa de mi arca, os diría, que no os dejéis echar atrás ni por las telarañas, ni por la oscuridad, ni por el olor a rancio. Que debajo del polvo, a lo mejor, encontráis algo que os pueda interesar. Y si no es así, de todas formas, dejar plasmado vuestro pensamiento, para que así, todos nos podamos enriquecer

miércoles, 1 de agosto de 2007

Para todos los vanidosos







Utilizad este tiempo para reír mucho, hacer el amor, también follar, escuchar a quien tenéis al lado, pintar, cantar, hacer deporte, comer sano, trasnochar, decir te quiero a quien queréis, escucharos a vosotros mismos, o simplemente descansar... en fin hacer lo que realmente queráis hacer...besesitos y hasta la vuelta.

martes, 31 de julio de 2007

Aquellos tiempos







Con quince años y un montón de sueños por cumplir, conocí a Alberto. Nos movíamos en los mismos ambientes, gabardinas mods , música de Depeche Mode y alguna que otra anfeta que siempre pasó de largo.
Nuestros cuerpos se movían entre el cálido reggae jamaicano y los mecanizados ritmos de Maniobras Orquestales en la Oscuridad.
Empezamos a salir y recorríamos Barcelona en su Vespa de colores. Él era un chico soñador que le gustaba imaginarse en un grupo musical con su gran amigo Pedro.
Se sentían incomprendidos por la sociedad, eran rebeldes… con muchas causas.
Un día como tantos de invierno, Pedro murió de una sobredosis.
Marchó sin despedirse, en silencio, imperturbable su nostálgico rostro. Tras de sí apenas dejó una suave estela cuyo murmullo entonaba una triste balada.
Alberto creyó que no había sabido entenderle, creyó que no había hecho lo sufriente, y se sintió en algo culpable de aquella muerte.
Con Pedro se fueron los sueños de dos adolescentes, enmudecieron las notas de una guitarra y la melancolía le tiñó de gris a Alberto el alma
En el tanatorio, los polis hacían pasar uno a uno a todos los jóvenes que allí asistían,
Pedro con su tez azul y sus negras ojeras, tenía que servir de ejemplo.
Alberto escondió sus lágrimas tras su largo flequillo Tecno Pop, y disfrazó su tristeza con volantes New Romantic, pero nunca olvido, y sobretodo, nunca perdonó.
Nos tocó respirar el aire de los ochenta, años convulsos en un país que recién estrenaba su libertad después de una larga dictadura.
Los jóvenes nos encontrábamos ante un mundo en el que todo valía, todo estaba a nuestro alcance. Marcados por una estricta educación, dudábamos entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Lo que nos habían contado no era lo que veían nuestros ojos, y con la sombra del miedo pegada a nuestros talones, nos dejábamos seducir por lo prohibido, y desinhibíamos nuestras mentes de toda represión, viviendo así la vida demasiado deprisa, adelantando acontecimientos que nos hubiera tocado vivir con más años, con más calma.
Con mis tejanos desgastados, mis botas de tacón y mi larga melena, iba de chica dura.
Pero mi dureza se hablando aquella larga tarde de primavera, sentada en la mesa de un bar, sin que nadie acudiera a la cita. En aquel momento no supe porqué, pero Alberto desapareció de mi vida.
Desairada y dolorida me tome la venganza con todo aquel que se cruzaba en mi camino, quería que sufrieran lo que había sufrido yo. El dolor, el rencor, y mi amor propio herido, me envenenaban el alma. Así que volqué mi odio en todo aquel que se dejaba querer. Utilicé y humillé a cada una de mis víctimas. Pero cuando conseguía mi objetivo, todavía me sentía más vacía, ya que eso no aliviaba mi dolor.
Hoy, después de muchos años puedo decir que nunca más, nadie me volvió a dejar, aunque no me sienta orgullosa de ello.
Pasaron los meses y yo seguí con mi vida, y cuando menos lo esperaba, volvió mi antiguo novio.
Cambiamos la Vespa por una Laverda, y la discoteca por un pub ingles. Allí pasábamos las tardes de sábado y domingo calentando nuestros cuerpos con apasionadas caricias mientras la música de Queen sonaba una y otra vez.
Por fin llegó el coche, un viejo R5 naranja butano en el que los asientos delanteros se abatían completamente. Esa era la mayor de sus virtudes. En él pasamos muchas tardes de lluvia en las que vimos aparecer el arco iris coronando nuestro amor.
Mas tarde y con mucho esfuerzo, conseguimos un piso, muy antiguo y de alquiler, pero con jardín, en un bonito barrio de Barcelona. Nos dejamos las manos, las rodillas y nuestros escasos ahorros restaurándolo, pero al final lo convertimos en nuestro cálido hogar. Los años pasaron y con ellos muchas cosas. Nos juramos amor eterno ante el altar, aunque no fue la muerte la que nos separó… pero eso, será otra historia.

martes, 10 de julio de 2007

Para ti mi amor





El silencio de mi alma expresa su sentimiento tierno y dulce, que enloquece entre tus brazos cuando mi cuerpo absorbe tu calor, saboreando lentamente y gota a gota todo ese amor que une nuestros universos, entrelazados en nuestras caricias, mientras mi corazón explota por no poder llorar, lágrimas de sangre, espesa de sentimientos, que yo, no puedo explicar.


Que te quiero nada más, y eso me parece poco cuando me miro en tus verdes ojos, en los que un día me perdí y ya no me he vuelto a encontrar. Que te quiero, o que te amo, que más da, si eres mi vida, y mi vida... eres tú.


He soñado que podía crear un mundo en el que solos tú y yo, observamos todos los amaneceres, y cogidos de las manos durante un tiempo infinito, permanecíamos así, unidos, sin decirnos nada, sintiéndonos el uno al otro y aprendiendo, que yo sin ti, o tú sin mi, no es que no podamos vivir, pero si es cierto, que separarnos, es comenzar a morir.


Quisiera con mis manos llenas de ti, modelar una estrella de color pasión, que en su interior, escritos con rayos de sol, estuvieran nuestros deseos, mezclados los tuyos con los míos, y que en un barquito de pétalos de amapola, navegara eternamente por los mares del amor.


Sólo tú, mi amor, eres capaz de hacerme volar por los cielos de la felicidad. No necesito nada más, que tenerte junto a mí, y escuchar tu voz tranquila, que como la mar en calma, le da paz a mi mente, y serenidad a mi alma.

Para todos los vanidosos




Este mes llego tarde, pero aquí estoy. Con bastante sueño y muchos sueños.


domingo, 24 de junio de 2007

Para ti, amiga mía





Quisiera explicarte cientos de historias y miles de cuentos, algunos secretos y unos pocos sueños. Contigo he aprendido tanto, y tanto he podido enseñar. No necesito verte para creerte, ni tocarte para tenerte, no necesito oírte para confiar en ti. Sé que estás ahí, y aún mejor, sé que siempre estarás.
No habrá tormentas que te aparten de mi, ni fuertes vientos que te hagan dudar. Por eso estas en mis silencios, en mis ausencias, y en aquellos momentos en los que sólo puedo llorar. Vives en mi sonrisa, en mi fragancia preferida, y en aquellos días en los que todo me da igual. Estas aún cuando no estas, se que lo sabes, no hay nada que no me puedas contar. Soy y seré tu incondicional, ni la muerte nos podrá separar. Que bueno… haber conocido la amistad
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martes, 12 de junio de 2007

La autenticidad de las cosas




Lo importante es ser auténtico. Autentico latón, auténtica plata, auténtico oro, auténtico platino o auténtico plástico. Al fin de cuentas todos los materiales tienen sus cualidades y su belleza.


De nada sirven los chapados o los baños, puesto que al final y de forma irremediable, el paso del tiempo siempre deja a la vista lo que hay debajo, que suele ser un material opaco y marchito.


En esta vida abundan los chapados, por eso cuando se encuentra a alguien auténtico, merece la pena conservarlo.