AQUELLOS SILENCIOS QUE MI ALMA HA GUARDADO DURANTE TANTOS AÑOS,AHORA HABLAN EN ESTE RINCÓN PERDIDO, EN EL QUE SE ENTREMEZCLAN LOS ECOS DE LO REAL Y LO IMAGINARIO, QUE LLEGAN, DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MIS ADENTROS.
lunes, 18 de agosto de 2008
Mi niño de los ojos de mar
jueves, 24 de julio de 2008
martes, 22 de julio de 2008
El día que lo conocí

Marta es esa amiga macizorra que todas tenemos. No importa que te gastes un pastón en el modelito a llevar, ni que te pases toda la mañana en manos del mismísimo Llongueras, o te hayas puesto cuatro ampollitas de esas efecto lifting y lleves seis capas de maquillaje super mega hiper reparador, porque llega ella con la cara lavada y recién peina, con los tejanos del Carrefour y la camiseta de mercadillo, y está divina de la muerte, mientras tú eres el vivo ejemplo de ese refrán tan gracioso que dice eso de: “aunque la mona se vista de seda…”.
Allí estaba yo, como siempre, esperando a Marta. Es tan mona como impuntual, así que decidí entrar y pedirme una copita de cava mientras esperaba, que eso siempre queda muy “chic”.
El restaurante era pequeñito, acogedor, cada mesa era distinta, el mobiliario de adquisiciones en rastrillos.Velas, flores secas, espejos, y fotos antiguas decoraban los rincones.
Un impresionante madurito de ojos plateados como su pelo, salió a recibirme, yo, como no, tropecé y un poco más y me incrusto directamente en el madurito en cuestión, a mi no me hubiera importado, pero allí en medio como que no quedaba muy bien.
Por fortuna pude cogerme al fornido brazo que me tendió, y lo que podría haber sido un ostión en toda regla, quedó en un simple tropezón.
Así que allí estábamos los dos, él elegante, majestuoso, impresionante, yo roja, acalorada, y con una estúpida risita que no podía quitarme de encima.
- ¿Se ha hecho daño?
- ¡Oh! No, gracias, pero no me llames de usted, no soy tan mayor (menuda memez acababa de soltar, así, sin respirar casi, pero bueno ya estaba dicho)
- ¿mayor? Claro que no, si es usted una chiquilla, perdón tú
Pues anda que él, también se había quedado a gusto, aunque ver que los dos estábamos en el mismo nivel de estupidez me tranquilizó.
- ¿Mesa para uno?
- ¡Sí! (contesté, como si fuera una verdad inamovible)
- Sígueme por favor
Hasta el fin del mundo si hace falta, pensé, y le seguí. Me llevó a una mesa en un rinconcito encantador desde donde sólo llegaba a ver una pequeña parte del resto de las mesas. Encendió una vela que se erguía coqueta en un precioso candelabro de alpaca, me tendió la carta, y guiñándome un ojo se marchó.
Rápidamente saqué el móvil y marqué el número de Marta, estaba claro que no podía venir, primero porque en cuanto ella hiciera su aparición estelar yo pasaría a ser transparente, y el bomboncito ya no me haría ni caso, y segundo porque yo ya había dicho que comía sola.
- Hola preciosa, no te preocupes ya estoy llegando, en cinco minutos estoy ahí.
- Ja ja ja, eso no te lo crees ni tú, seguro que todavía estás en tu baño rizándote las pestañas.
- Hija de verdad, da un poco de asquito tantos años de amistad, no puedo engañarte ni un poquito sólo.
- Bueno mira, da igual, el caso es que no voy a poder ir, me ha salido un imprevisto y mejor lo dejamos para otro día.
- ¡Ya! ¿has ligado verdad? Eres una guarra, me dejas colgada por el primer pendón desorejado que se cruza en tu camino.
- ¡No! Por el primero no, por el único en mucho tiempo, así que sí, te dejo colgada, y ni se te ocurra aparecer con tu apretado culito por aquí, ya te contaré.
- Ya ves, yo también te conozco como si te hubiera parido, además quien me recomendó el restaurante ya me habló del madurito de pelo cano, y no te preocupes que por supuesto que no voy a aparecer, espero que te aproveche el rabo de toro.
- ¡Qué ordinariez!, pero bueno no te lo tendré en cuenta, ya te contaré ¡ciao!
Mi querido camarero se acerco a la mesa con una sonrisa, muy, muy sexy. Una fragancia masculina y fresca impregno el ambiente, y reparé en el detalle de que no la había olido antes, así que llegue a la interesante conclusión de que se había perfumado para mí, y eso me conmovió.
- ¿Ya sabes lo que quieres, o prefieres que te sorprenda?
Su voz era tierna, profunda, masculina, yo tenía claro lo que quería, y de buena gana se lo hubiera explicado muy, muy gráficamente. Suspire mientras me perdía en sus ojos plateado intenso. Mi cuerpo latía sensual, y yo bajo su mirada me sentía más femenina que nunca. Él percibió la fiebre en mis ojos, y noté su excitación retenida.
Era hora de dar el paso, ahora o nunca, pasado ese momento todo se enfriaría irremediablemente.
- Se lo que quiero (le dije aguantando la mirada), pero no he visto que tu cuerpo esté en la carta.
Él sin retirar sus ojos de los míos, posó la yema de su dedo índice en mi cuello, fue bajando lentamente por mi escote hasta llegar al sujetador, pasó el dedo por debajo y estirando suavemente me atrajo hacia sí. Yo me levanté sin oponer resistencia, y cuando me tuvo cerca me besó en el cuello.
Caí rendida en sus brazos, el olor de su perfume me embriagó, y sus labios sobre los míos hicieron que casi me desvaneciera.
- Nos van a ver (le susurre al oído)
Él puso un dedo sobre mis labios, me cogió de la mano, y abriendo una puerta que estaba junto a mi mesa, y en la que no había reparado hasta ese momento, me llevó a una pequeña estancia que hacía las veces de despacho.
Una hermosa ventana llena de geranios floridos dejaba entrar el sol a través de unos visillos de algodón natural. Bajo ella un sofá blanco que iba a ser el lugar elegido para dar rienda suelta a nuestra pasión.
Introduje mis manos por debajo de su camiseta y acaricie su piel, un cosquilleo intenso recorrió mi cuerpo, se la quité, y su torso desnudo avivó mi deseo. Él puso sus manos sobre mis nalgas y me atrajo hacia sí, yo me quité el corpiño mientras el desabrochó mi falda. En un momento estuve en ropa interior, por suerte llevaba el conjunto morado que me había comprado la semana anterior y estaba recién depilada, así que mi aspecto era realmente sexi.
Mientras se desabrochaba el pantalón observaba detenidamente mi cuerpo, y sus ojos plateados dejaban entrever el fuego que le ardía dentro.
El destino tiene esas cosas y cuando se bajo los tejanos quedaron al descubierto sus slips morados, nos miramos y nos reímos.
- Está claro que somos el uno para el otro (me dijo con una voz tan tierna que las lagrimas acudieron a mis ojos)
Nos abrazamos y nos tendimos en el sofá, su ropa interior y la mía acabó mezclada en un montoncito revuelto en el suelo, y desde entonces sigue mezclada, ahora bien doblada y ordenada en un cajón de nuestra cómoda.
miércoles, 9 de julio de 2008
Allí donde quiero estar

Allí donde quiero estar, junto a tu pensamiento, junto a cada uno de tus latidos, allí donde tus sueños se pueden tocar, donde las amapolas, se mecen con tus suspiros.
Quiero estar allí, donde tus manos manejan el tiempo, donde hay un solo camino, donde tu voz es la dueña del eco, donde tu corazón, palpita junto al mío.
Allí donde quiero estar, junto al aroma de tu cabello oscuro, donde tus movimientos olean el mar, donde tu caminar, dibuja un sendero infinito.
Quiero estar allí, donde el día amanece en tu ombligo, donde la nieve dibuja tu espalda, donde todo empieza y acaba, cuando tus labios besan los míos.
Y justo allí estaré, observando tu cuerpo tendido, observando tu verde mirar, que ilumina todos mis vacios.
sábado, 28 de junio de 2008
Aprovechando oportunidades

Mientras descargábamos los muebles de su furgoneta, yo no podía dejar de mirar su camiseta, que sudada se le pegaba al cuerpo dejando entrever unos perfectos abdominales bien marcados.
Él no me quitaba los ojos de encima, y una sonrisa picara dejaba claras sus intenciones. Yo estaba un poco confusa, no acababa de entender que un chico tan joven se sintiera atraído por mí, vestida con mi mono de trabajo y sin pintar, que era como siempre me veía él. Hacía tiempo que lo intuía, pero hoy me lo estaba dejando bien claro, y yo no pensaba ponerle inconvenientes. Ya no se me iban a presentar muchas oportunidades así, y no estaba yo para desperdiciar nada.
Cuando acabamos de descargar los muebles, cerró la puerta del taller a su espalda, y sin mediar palabra vino directo hacia mí, yo sólo pude sonreír como una idiota.
Sin saber cómo, su boca estaba sobre la mía, y sus manos habían librado toda barrera para acariciar mi pecho, quemando mi piel con su febril pasión.
Tiré al suelo unas sillas isabelinas que tenía sobre una mesa de caoba, y allí nos tumbamos, yo debajo, el encima, se peleó con mis botas de puntera metálica de seguridad para poder quitarme el mono, al final lo ayudé, no podíamos perder el tiempo. Tiré una de las botas hacia atrás, y al oír el sonido de cristales rotos me di cuenta que le había dado de lleno al espejo de la Sra. Gutiérrez, ¡madre mía siete años de mala suerte! Pensé.
Pero el espejo de la Sra. Gutiérrez quedó en un segundo plano al notar su cabeza entre mis piernas, ¡Oh! ¡oh! ¡oh!, era joven pero no inexperto. El orgasmo llegó demasiado rápido, ¡que rabia! Pero el muchacho estaba aplicado y enseguida lo tuve encima, desnudito, así con sus abdominales, con un culito prieto de esos que te hacen perder el sentido, y un miembro… ¡que miembro! Grande, erecto, bello, muy bello, lo acaricie, parecía de terciopelo, por su suavidad y siendo fiel a mi manía de ponerle nombre a los genitales masculinos, lo bauticé Platero, y ahí estábamos “Platero y yo”, claro que eso de que es pequeño (no diría yo), peludo (por suerte no, si no hubiera parecido un Gremlin), pero suave sí, eso sí. Y en ese momento me vino a la cabeza un párrafo de esa fantástica novela, “Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...”
Sin poderlo evitar me entró la risa estúpida que siempre me da en los momentos más inoportunos, el muchacho se quedó sorprendido, cortado, creyendo que me reía de él.
Por un momento vi tambalear la situación, y ante la posible catástrofe de que se sintiera humillado y saliera huyendo, la risa se me cortó de golpe.
Lo besé apasionadamente y apreté mi cuerpo contra el suyo mientras con mi mano derecha acariciaba sus duros y apretados testículos.
A él se le olvido mi risa, o simplemente le dio igual, y volvió a ponerse en situación. Se lanzó a mi cuello para morderlo y succionarlo, ¡que ilusión! Tendré que volver a taparme el cuello con un pañuelo como cuando tenía quince años, ¡ya no creí que volviera a pasarme eso!, (pensaba yo emocionada).
Intentó penetrarme, pero como pasa siempre, no atinaba, no sé si es una cosa generalizada o es que yo doy con todos los patosos de este planeta, pero el caso es que tuve que ayudarle a encontrar el camino.
Al notar como entraba lentamente y se iba abriendo camino, perdí la compostura y me dejé llevar, la imagen de sus musculosos brazos, sus marcadas abdominales, y sus ojos color canela que se clavaban en los míos me llevaban de camino al paraíso. Entonces empezó su movimiento y con él un sonido, clon, clon, clon, mire hacia arriba y vi como se movía el armario de estilo mandarín por los golpes que le asestaba la mesa con el bamboleo de nuestro vaivén. En ese momento y como en cámara lenta vi caer algo que en un principio no atiné a identificar, y mientras lo veía dar una voltereta en el aire supe que era el bote de tinte de madera que un rato antes había dejado sobre el armario, y el líquido oscuro que salía en un chorro descontrolado era el tinte color roble oscuro con el que había estado trabajando esa mañana. El bote fue cayendo lentamente dejando tras de sí una lluvia oscura que nos dejó cual dos dálmatas en celo, y aterrizó directamente en la cabeza del joven, cayendo después al suelo con su correspondiente escándalo sonoro. Pero lo más sorprendente de la situación fue que el muchacho no se había dado cuenta de nada, el seguía a lo suyo sin parecer haber notado el zurriagazo del bote, y sin preguntarse que eran esas extrañas manchas que nos habían salido de pronto.
Él llegaba al éxtasis mientras yo alucinaba en colores. Por una vez que me ligaba a un macizorro un bote de tinte me cortaba el royo. Pero eso no lo iba a consentir, así que lo deje descansar y cuando se repuso y vio como estábamos, que parecía que teníamos un extraño tipo de sarampión salvaje, me lo lleve a la ducha.
El cuarto de baño del taller es muy pequeño y tiene un estrecho plato de ducha en el que meter dos cuerpos es arto difícil, pero yo que cuando quiero soy muy mañosa, me las apañé perfectamente, y allí estábamos los dos, apretaditos como las anchoas en esos potecitos de cristal.
Me recree en enjabonar cada centímetro de su cuerpo de Adonis mientras él enjabonaba el mío (mejor no comento de qué). Debido a las estrecheces, no había opciones de muchas posturitas, por lo que el yo delante, y él detrás, fue la única forma posible que encontramos para acoplarnos.
El agua caliente recorría nuestros cuerpos, él cogido a mis caderas, yo apoyada en los grifos, y con la pasión el descontrol, no sé como lo hice, pero abrí más de la cuenta el grifo de agua caliente y nos calló un chorro que nos escaldo como a dos poyos. Supongo que fue un acto reflejo, el caso es que al apartarnos bruscamente resbalamos hacia atrás, caímos juntos y enganchados, yo caí en blandito, pero él, él cayó en el duro suelo, esperé unos segundo escuchando en el silencio que precedió al golpe, deseando oír su respiración, y con el pánico en el cuerpo pensé “me lo he cargao” al final “me lo he cargao”. Como pude y poco a poco me giré, sus ojos color canela me miraban divertidos, y tras una sonora carcajada continuamos en el suelo con lo que estábamos haciendo, y esta vez sí, esta vez siiiiiiii, toqué la luna con mis dedos.
martes, 17 de junio de 2008
Con el alma

jueves, 12 de junio de 2008
viernes, 6 de junio de 2008
Tu recuerdo

Te he buscado en mis sueños, te he buscado en mi playa, pero tú te has marchado, allí, donde no llegan mis palabras.
Sólo me queda tu silencio, silencio que quema y mata, silencio por el que navego, en un barco de añoranza.
Ni el tiempo ni la distancia, apagaran tu recuerdo, que despacito y sin yo saberlo, se me metió muy, muy dentro.
Sólo espero que algún día, al recordar mi recuerdo, una brizna de alegría, salpique el brillo, de esos tus ojos negros.
jueves, 5 de junio de 2008
Mi ilusión

Quiero mirarme en tus ojos, espejos de mi pasión, y que pronuncies mi nombre, que sólo escucho en tu voz.
En tu cuerpo mi cuerpo desnudo, creando una perfecta unión, unión que en el infinito, forme una constelación.
Quiero que te pierdas conmigo, por esos mundos de amor, quiero morir a tu lado, diciéndole a la vida adiós.
A tu corazón rebelde, ataré toda mi vida, pero has de prometerme, que me amaras, de una forma desmedida.
Así eternos y unidos, juntitos, muy juntitos los dos, amándonos en el espacio, espacio que formamos tú y yo.
jueves, 29 de mayo de 2008
Trilogía de una tristeza

VACÍO, ESPACIO, Y ALMA
He querido quererte desde mi espacio,
espacio vacío que no logro llenar,
vacío donde se encuentra mi alma,
mi alma que se encuentra en soledad.
Soledad que llena mi espacio,
espacio lleno de soledad,
vacío que lo llena todo,
todo lo que no quiero llenar.
Vacío, espacio, y alma,
que duele cuando tú no estás,
cuando tú no estás sólo hay vacío,
cuando tú no estás no queda espacio,
cuando tú no estás…
mi alma llora en soledad

HOY
Hoy, mirando en mis adentros, rebuscando en mis entrañas,
encontré un pedazito, un pedazito de mi alma.
Estaba allí, solitaria, llorosa, resignada,
y le dije, como Jesucristo a Lázaro,
¡levántate y anda!.
Mi alma cabizbaja, meditabunda, renunciada,
me dijo entre lágrimas.
“No puedo, no quiero, déjame estoy anegada”.
Yo preocupada indagué,
pero dime alma mía,
que tienes, por qué sufres, que te pasa.
Ella mirándome a los ojos,
me dijo dolorida, me dijo delirada,
“Que él se ha ido, se ha marchado,
y tú, tú te has quedado callada”.

MI SOMBRA
Sentada sobre la roca notaba las frías gotas que salpicaban las rabiosas olas, que estrellándose una y otra vez parecían quererse quejar y contar sus penas.
Sin saber porqué, la tristeza me invadía cruel, y las lágrimas retenidas enrojecían mis ojos que no las querían dejar marchar.
Mi corazón se oprimía en un largo quejido, mientras la soledad de mi alma lo azotaba con su látigo de hiel.
Y entonces sí, entonces lloré, lloré como sólo lloran los niños, entregándome al llanto convulso, sin retenciones, hasta casi ahogarme en mis propias lágrimas.
Y a mi mente vinieron tantos nombres, nombres que me acompañaban, nombres que se alejaban, nombres que me decían tanto, y tu nombre, que no… que no me decía nada.
El cielo gris se oscureció, el aire se levantó, y las olas embravecidas, se acercaban a mí con más fuerza, y en mi mente una ilusión, una idea… me llevaran con ellas.
Y abrazando mis rodillas cerré los ojos y escuché tu voz, tu voz tranquila. Me levanté y me fui, pero mi sombra… mi sombra se quedó allí… allí con ellas.
sábado, 26 de abril de 2008
En la distancia

No sé cómo es tu cuerpo, pero sé, que poco a poco te tengo. Marchas, y la soledad me atrapa, entonces quiero llorar, desde dentro, quiero llorar, llorarle al viento.
Siento que tus manos recorren mi cuerpo, manos de aire que me acarician en mis sueños, caricias que tan tiernas presiento en mi silencio.
Y tus ojos, en los que no me reflejo, quisiera mirarme, mirarme en ellos, pero aunque los busco entre las estrellas, los busco, pero no los veo.
Escucho a través del tiempo, los latidos de tu corazón, latidos en los que me mezo, latidos que calman mi alma, latidos que golpean mi pecho.
Y en la distancia, y en el tiempo, y en todo aquello que nos separa, en todo aquello, encontrare el espacio, encontrare el momento, para que mis labios, en tu piel, depositen un beso.
miércoles, 23 de abril de 2008
Aquella niña que fui

lunes, 21 de abril de 2008
Guillermo y ella
Sus masculinas manos, recorrían el cuerpo femenino, que se retorcía suave y lento al ritmo de las caricias. Él olvidaba quien era, y hundiendo la cara en el hueco que se formaba entre el cuello y el hombro de su amada, perdía toda noción. Amada y soñada, necesitada y buscada, en cada segundo de su existir, y ahora, en el umbral del tiempo que les esperaba, la recorría suavemente con sus labios cálidos y temeroso, subiendo, bajando, deteniéndose, continuando, suspirando, intentando pronunciar su nombre, sin poderlo conseguir.Ella introducía sus dedos entre los cabellos de él, y cerrando la mano, casi, casi le producía dolor, pero ese casi, entrañaba tanto placer, que sin quererlo, sin evitarlo, el beso se convirtió en mordisco, y ella, con un ligero quejido, le advirtió del límite entre la pasión y él dolor.
Él deseado, poseído, amado, él sosegado, saboreando el cuerpo, ese cuerpo, que aunque imperfecto, le hacía perder el sentido, los sentidos, el rumbo, la dirección.
Besando, lamiendo, gozando de cada rincón que le llevaba hasta ese pecho palpitante, ardiente, erecto, que él extremadamente celoso mordisqueó hasta que ella vibró, y ya juntos, en una unión perfecta, él dentro, ella plena, él enloquecido, ella delirada, él perdido, ella llorada, consiguió decir entrecortada, Guillermo, Guillermo ¿me amas? Y él, en un susurro, entre lagrimas, con un suspiro, sorprendido, preguntó ¿si te amo? Te amo hasta el desgarro, hasta el dolor, te amo a cada latido de mi corazón, te amo en cada uno de mis pensamientos, te amo, porque si no te amo muero, muero de desesperación.
domingo, 13 de abril de 2008
Ausencia

miércoles, 9 de abril de 2008
No sé si habrá cielo

En la noche silenciosa, que es cómplice de nuestra pasión, tu cuerpo, mi cuerpo, nosotros dos, en la unión, con ardor, al compas, sobre mí, sobre ti, juntos los dos. En esta noche en la que pierdo el sentido, el rumbo, la dirección. En esta noche en la que muero, renazco, vibro, en la que te tengo, te pierdo, te poseo, y tú me observas con tus ojos enamorados velados de pasión, y como con esfuerzo, como con dolor, me dices… te quiero. Y yo, muero, muero por dentro, y por fuera quemo, y tu piel y la mía arden juntas, se funden, y pienso, no sé si habrá cielo, pero si existe, seguro, no es mejor que esto.
martes, 8 de abril de 2008
Bajo tu ombligo

miércoles, 2 de abril de 2008
Para todos los vanidosos

viernes, 14 de marzo de 2008
Otros otoños vendrán

Yo me iré, intentando recordar tu recuerdo, intentando no olvidar el momento, que pudo ser, pero no fue. Me iré, a luchar otras batallas, que quizás gane mi alma, que en su soledad derrama, la sangre, que de tristeza helada, ya no calienta mi cuerpo, que tus manos dejaron desierto, antes incluso de posarse sobre él.
Lloraré, hasta la última de mis lágrimas, en un ahogado gemido, que te llegará enmudecido, y se abrazará a tus sesos, que sin saberlo, te hará permanecer unido, en el más profundo de tus recuerdos, a lo que fui, y tú no quisiste ver.
Y al final, tú sin mí, y yo sin ti, en una vida fugaz, que no supimos vivir, otros otoños vendrán, y perdidos en la inmensidad, tu amor y el mío, en otras guerras lucharán, queriendo encontrar aquello que fuimos, y que acabo en un enorme vacío, que queriendo ser olvido, se convirtió en castigo.
Pero ahora te digo adiós, te deseo lo mejor, aunque sé, que siempre te acompañare, y que aun queriendo negarme, he llegado a penetrarte, hasta aquel lugar, de tu yo más profundo, en el que juntos, en un mundo de tu imaginación, viviremos nuestro amor.
Sé que te arrepentirás, de haber callado palabras, de haber guardado silencios, y de haber usado el orgullo, como escudo, ante mí, para no tener que decir, te deseo, y deseo, que unamos nuestras mentes, que juntemos nuestros cuerpos, que tus besos sean mis besos, y mis pensamientos nazcan en ti. Sé que te arrepentirás, de no haber puesto tu pecho sobre mi pecho, y jurar amor eterno, ante la realidad, de que tu corazón suspira por mis suspiros, y mis suspiros, mueren en tu universo, habiendo querido, que abrazados, entrelazados, y amados, pudiéramos en nuestro sueño, compartir el infinito.
lunes, 10 de marzo de 2008
Lento, muy, muy lento

Las emociones vividas, se materializaban en sus cuerpos, que después de tanto tiempo, se encontraban para poder sentir, lo tantas veces descrito.
Las manos ardientes acariciaban el cuerpo ajeno, llevando a la realidad lo infinitamente soñado, en quimeras de pasión, que ahora se quedaban pequeñas, ante tan inmensa realidad.
El cuerpo sobre su cuerpo, el aliento en su aliento, y por fin… lo sintió dentro. Sus ojos se llenaron de lágrimas, por saber no eterno el momento, y nació el movimiento, lento, muy, muy, lento.
En un susurro, como para dentro, ella dijo:
-Con calma
-Apasionada (contestó él)
-Amado y amada (dijo ella)
-En el todo, y en la nada (le suspiró él)
-ummm, con calma (gimió ella)
-ohh, con calma… y con el alma (le musitó él)
-ammm, bésame y calla (le ordenó ella)
Y en su movimiento, lento, muy, muy, lento, un cuerpo sobre otro cuerpo, un beso sobre otro beso, y un momento, que la pasión… haría eterno.
lunes, 3 de marzo de 2008
La lavanderia americana

Para Blanca era la primera vez, se le había estropeado su vieja lavadora, y el técnico después de clavarle 20 euros en concepto de desplazamiento, le había dicho que no valía la pena arreglarla, que le saldría más a cuenta comprarse una nueva.
Llevaba toda la semana yendo a tiendas de esas que te las venden más baratas porque tienen un golpecito, también había mirado en el mercado de segunda mano, pero no había encontrado nada que se ajustara a su pequeño, pequeñísimo presupuesto. Así que mientras seguía buscando, había decidido hacer uso de la lavandería americana. Y allí estaba, a las 10 de la noche sentada frente a una lavadora, observando como de vez en cuando aparecía furtivamente su sujetador rojo, peleándose por el protagonismo con su culot verde de corazones.
Estaba concentradísima en localizar sus Liberto entre todo el amasijo de ropa, cuando oyó que se abría la puerta de la entrada. Se giró sobresaltada y vio como un muchacho con look “casual” entraba en la lavandería. El chico la miró de soslayo apartando rápidamente la mirada, y sin saludar siquiera, se dispuso a preparar su lavadora.
“Buenas noches simpático”, pensó Blanca, y se quedó mirando descaradamente los movimientos de su compañero de lavado, que iba introduciendo sin ningún problema, camisetas de interior blancas, con un suéter rojo, una bufanda negra, unos tejanos azul marino, otros desgastados, una camisa verde manzana, toallas naranjas, etc., etc., hasta llegar a unos calzoncillos lilas con corazoncitos amarillos. Justo cuando estaba poniendo el detergente, Blanca no pudo más y lo interrumpió:
-Perdona, ¿es la primera lavadora que pones?
Daniel que llevaba rato sintiendo en su cogote la mirada fija de la morenaza con cazadora de cuero, pensó, “¡ya estamos!, si es que todas son iguales, se tienen que andar metiendo en las cosas de los demás, no pueden estar calladitas”, y en tono molesto le contestó:
-Pues mira no, ¿algún problema?
-Bueno bueno, no te pongas así, que no era mi intención molestarte, pero ahora que lo preguntas, pues si, mira, que yo sepa no soy transparente, y cuando se entra en un sitio que hay alguien, como mínimo se tiene que saludar, que esas son las pequeñas cosas que nos diferencian de los animales. Lo de la lavadora, te lo digo porque como la pongas en marcha, esas camisetitas blancas relucientes que has metido al principio, te van a salir de un color cachumbo que las vas a tener que tirar todas, la camisa verde manzana seguramente pasará a verde caqui y…
-Pero si resulta que la señorita ha estado espiando todos mis movimientos, cotilleando mi colada, y encima me quiere dar lecciones de educación. Pues te voy a decir una cosa, doña metomentodo…
-Oye oye, tranquilito, no te pongas impertinente, que yo sólo quería ayudarte, pero no te preocupes, haz lo que quieras, total a mi me da lo mismo si estropeas toda tu ropa.
Blanca se giró hacia su lavadora y clavó la mirada en el bombo que seguía dando vueltas sin parar.
Daniel se quedó parado frente la lavadora abierta, dudando entre ponerla y someter a su ropa a un caos inminente, o comerse su orgullo y preguntarle a la morenaza que ropa debía quedarse fuera. Tras dudar unos minutos empezó a hablar suavemente:
-Oye, mira, perdona. Ya sé que no es escusa y que tú no tienes la culpa, pero no estoy pasando por un buen momento y estoy un poco nervioso. No debía haberte contestado tan mal, ya que tú sólo me querías ayudar, así que te pido mil disculpas.
-Hummmm. Espera que me lo piense…bueno vale, estas perdonado, pero por favor, no pongas en marcha la lavadora.
El muchacho soltó una sonora carcajada que resonó en la lavandería.
-Vale, vale, pero entonces ayúdame.
Blanca se puso a separar la ropa de Daniel, mientras le explicaba su odisea con la lavadora.
Cuando ella acabo de ponerla y el bombo comenzó a dar vueltas Daniel pensativo le comentó:
-Y ahora con esta que queda ¿que hago? No da para otra lavadora ¿no tendré que lavarla a mano?
-Bueno es una opción, también puedes dejarla apestando en un cesto hasta que tengas más. Pero ahora que lo pienso, yo también tengo para media de blanco, así que si quieres quedamos mañana a la misma hora, y ponemos una para los dos.
-Bueno, si no te importa que mis camisetas se revuelquen con tus braguitas, por mi estupendo.
-Lo siento chaval, pero yo no uso ropa interior blanca, es demasiado clásica para mí.
Blanca recogió su ropa, la dobló cuidadosamente, y se despidió de Daniel hasta el día siguiente.
Llegó a su apartamento y encendió las doce lámparas que alumbraban el salón. Era una enamorada de las lámparas de todo tipo. Después encendió la televisión y fue a la habitación a cambiarse. Se sentó en el mullido sofá con un gran tazón de caldo entre las manos, y se quedó pensando en Daniel. Era un chico de aspecto triste, melancólico, y no sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que llegarían a tener una gran amistad. Sentía que tenían algo en común. Quizás, si su ruptura con Ricardo estuviera más lejos, miraría a Daniel de otra manera, pero ahora no. Su corazón estaba roto, completamente destrozado, el hombre de su vida se había marchado sin dar muchas explicaciones, la había dejado sin contestar sus preguntas, y ella, se sentía como una gacela herida en el bosque, sola y sin fuerzas.
Sonó el despertador a lo lejos, como casi cada noche, se había quedado dormida en el sofá, enroscada en su suave mantita de cachemira. Se levanto desperezándose, tenía que darse prisa, o llegaría tarde.
Había pasado un día agotador, se sentía especialmente cansada, había quedado con Daniel a las 10h en la lavandería y ya se le hacía tarde, así que recogió el capazo con su ropa sucia, y se fue.
Desde fuera vio al muchacho sentado con un libro en las manos, empujó la puerta y entro.
Daniel levantó la mirada y le dedicó una amplia sonrisa a Blanca:
-Hola ¿llego tarde? (le preguntó ella)
-No, que va, soy yo que siempre llego antes, es una manía.
-¿Nos presentas? (le dijo señalando el libro que él tenía entre las manos)
Él, bajó la mirada hacia el libro, y sonriendo le contestó:
-Sí, claro: Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías (le dijo ofreciéndole el libro).
Ella lo cogió, y observando la portada le pregunto.
-¿Está bien?
-Debería decirte que sí, que es un estupendo libro, lleno de suspense y surrealismo, con preciosas citas de Shakespeare, pero lo cierto que es un poco aburrido.
-¿Qué es una venganza?
-Bueno… ¿tanto se ha notado?
Compartieron carcajada y se dispusieron a introducir la ropa en la lavadora, para poder comenzar el lavado.
Mientras el bombo daba vueltas intermitentes entremezclando su ropa y formando torbellinos de espuma, Blanca y Daniel hablaban sin cesar del ayer, del mañana, de los sueños, las ilusiones, de aquellas cosas que creían importantes, aquellas cosas que solían callar. Blanca observaba las pequeñas arrugas que se formaban en la comisura de sus labios, mientras él no paraba de hablar. Adivinaba en Daniel a un hombre sensible, sin intención de esconder sus sentimientos, un hombre que no tenía miedo a reconocer sus debilidades. Y se miró en sus ojos, en los que vio un halo de tristeza, la sombra de la angustia oscureciéndolo todo, y sin casi darse cuenta, sin querer hacerlo, pero sin poder contenerse le pregunto:
-¿Te han hecho daño?
Daniel bajó la mirada, y empezó a juguetear nervioso con el anillo que rodeaba su dedo corazón.
-Perdona, perdona. (Le dijo avergonzada Blanca)
-No, tranquila, no importa, quizás sea mejor hablar de ello, para poder ir asumiendo un hecho que me cuesta admitir.
Daniel empezó a contarle una historia de amor, en la que dos corazones se encontraban en el espacio, dos almas se unían en el tiempo, porque el destino así lo había querido, porque tenía que ser así. Y ellos, dos hombres que tuvieron que salvar muchos obstáculos, y superar muchas barreras propias de sus perjuicios, habían conseguido aceptar lo que estaba por encima de todo escrúpulo moral, su amor, un amor puro y real, auténtico, que poco a poco había pesado demasiado en la conciencia de Ricardo, que había encontrado en Daniel su primer amor homosexual.
Daniel no pudo hacer nada por retenerle y lo dejó marchar, con tristeza, con frustración, y con un sentimiento punzante, doloroso, de culpabilidad.Blanca lo escuchaba absorta, con sus ojos llenos de lágrimas, oyendo su propia historia, contada por otros labios. Vio como el muchacho sacaba de su cartera una foto, que después de observar durante unos segundos, le tendió para que ella la viera. Blanca la cogió con delicadeza, como si se fuera a romper, y poco a poco, como con miedo, le fue dando la vuelta. Cuando sus ojos descubrieron el rostro que desde el papel le miraba, sintió como el aire se espesaba, y los latidos de su corazón bombeaban con fuerza la sangre, haciéndole sentir un intenso mareo en el que creyó desvanecer.


