AQUELLOS SILENCIOS QUE MI ALMA HA GUARDADO DURANTE TANTOS AÑOS,AHORA HABLAN EN ESTE RINCÓN PERDIDO, EN EL QUE SE ENTREMEZCLAN LOS ECOS DE LO REAL Y LO IMAGINARIO, QUE LLEGAN, DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MIS ADENTROS.

Tú acomódate, desnuda tu cuerpo y tu alma, embriágate del aroma a sándalo… y sueña.

domingo, 25 de octubre de 2009

Siempre


En cada momento que te sueño, o te pienso, en cada momento te deseo.


A veces, me pierdo en ideas obscenas en las que invento tu cuerpo.


Tus aromas fluyen de mi, y mi excitación crece imaginándote provocador.


Me gustas transgresor, oliendo a impaciencia, incapaz de contenerte.


¿A caso cambiaré algún día?
No me canso ni me cansas, es un sentimiento constante en el que te esparces con todas tus plenitudes, yo simplemente te observo, y como siempre… te deseo

sábado, 24 de octubre de 2009

Esquizofrenia


La sangre sobre la nieve es más roja… repetía mi mente como un martilleo incansable, monótono, enloquecedor. No sé desde cuando me perseguía esa obsesión, pero en cuanto me crucé con ella, lo entendí todo.

Había ido a una convención en Suecia, y allí la encontré, paseando por Drottninggatan, la calle de mi hotel. Sus andares, su mirada, los conocía bien, de pronto mis sueños eran realidad, la voz sonaba más clara que nunca repitiendo una y otra vez… la sangre sobre la nieve es más roja. Y ahora, tendida sobre la nieve, pálida, casi transparente, con la sangre brotando de sus heridas, esparciéndose cálidamente, brillante, tan roja… todo cobraba sentido.


La felicidad me embargaba, y una carcajada brotó de mi garganta en el mismo instante, en que el policía apretó el gatillo de su “9 mm”, que fue exactamente, lo último que vi.

lunes, 19 de octubre de 2009

Te amo


Quiero sentirte en mi espalda, cerca, calentándome el alma.
Quiero perderme en tus ojos, profundos, horizontes de mi añoranza.
Quiero abrazarme a tu cintura, segura, que me da templanza.
Quiero amarte sin límite, por siempre, saborearte con calma.
Quiero que nos perdamos, olvidemos, y no nos preocupe nada.
Quiero que estemos juntos, eternos, unidos, quiero que seas, la luz de mi esperanza.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Siluetas de mi silencio




Déjame flotar en el espacio de tu pensamiento, déjame que acunada por la brisa, te presienta como un último suspiro. No me quites la ilusión de dibujar tu silueta en la arena húmeda de la orilla de mi playa, ni de beber las gotas saladas de tu piel, que es la capa con la que cubro mis miedos, esos que guardo tan dentro.



Dame tu mirada, la que se pierde entre las llamas en las que se calienta mi esperanza, dame aquello que olvidamos en el camino, y que quedó prendido de las ramas en las que brotan nuestras ganas, ganas que callamos, y que de tantos silencios se desgastan. Dame la oscuridad de tu alma, y el pecado que te mata, dame tus ansias, tu deseo, tu pasión, dame tu rabia.

Y espérame entre las sombras, frías, heladas, entre las sombras de mis soledades, de mis silencios, entre las sombras que me abrazan cuando tú te marchas. Espérame, porque en la espera encontraras mis ansias, mi deseo incontenible, encontraras la pasión, que sin ti me mata.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Un mes sin ti


Hoy hace un mes, y… aunque tu recuerdo ya me provoca alguna sonrisa, todavía son muchas más las lágrimas, sé que llegará el momento en el que sólo habrá sonrisas, pero para eso, todavía queda algún tiempo. .. hoy te echo especialmente de menos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Sonrisa de piedra



Esta tarde he estado esperándote sentada en el banco de piedra del parque de la iglesia. Como en aquellas tardes que te veía llegar por la calle de adoquines que sube desde la playa. El viento y las gaviotas se dejaban oír rompiendo el silencio de la solitaria plaza desde cuyo centro, me llegaba la pétrea mirada de la estatua de mármol de ojos saltones, que desde su frío pedestal me observaba descarada, amenazante, mordaz.


Preferí ignorarla y fijé mi mirada en el horizonte adoquinado por el que de vez en cuando, aparecía oscura la silueta del algún viandante solitario. Pero ninguna que me recordara a ti, ninguna tan esbelta, tan firme… tan tuya.


Empezaron a caer frías gotas de lluvia al mismo tiempo que las campanadas de la iglesia con su imponente sonido, provocaran el vuelo de las pocas palomas que todavía quedaban. Y tú te retrasabas, y yo esperaba, cada vez más empapada, más fría, más quieta. Empecé a temblar sin quererlo, incapaz de controlarlo, y entonces, al mirar la estática figura que me observaba desde el centro del parque, me di cuenta que me sonreía con gesto burlón, y fue entonces cuando caí en la cuenta, de que aunque no sabía exactamente cuánto, hacía ya algún tiempo que no aparecías por el camino de adoquines.


Que cruel es a veces la realidad.

lunes, 7 de septiembre de 2009

En gris


Aunque no lo creas, cada mañana, cuando el amanecer empieza a colarse descarado por las rendijas de mi persiana, conduciéndome al despertar de la vida. En ese instante en que mi mente posa sus pies en la realidad del nuevo día, tu presencia hace hueco en mi. No puedo decir en qué lugar exactamente, pero tiene que ser en un órgano importante, vital, porque apenas puedo respirar, y un dolor agudo me atraviesa como una espada de metal incandescente. Cada mañana, en ese instante mortal, creo que voy a morir, que ha llegado el día de no poder superarlo, pero luego, al segundo siguiente, la vida se abre paso de forma cansina pero firme.


Siempre espero, o más bien, deseo con todas mis fuerzas, que esa tortura implacable y absurda, desaparezca poco a poco dando paso a la paz tranquila y acogedora que llega siempre después de una feroz tormenta, pero de momento, y muy a mi pesar, ahí persiste, anclada en el tiempo, dándole ese lúgubre tono gris a todo lo que me rodea.


Entre mis piernas se han quedado grabadas las finas líneas de las yemas de tus dedos, parecen pequeñas venas varicosas de un brillante rojo rubí. Intenté hacerlas desaparecer frotando con un áspero guante de crin, pero todavía se acentuaron más, así que allí permanecen guardándote el sitio, que en tus ausencias, se hiela insufriblemente.


Y esa luz inexistente por tu carencia, que me ha dejado a media oscuridad, y me conduce por los límites de la irrealidad, es lo único que me acompaña cada día, sin faltar uno, puntual como un reloj suizo, fiel, como un perro lazarillo.


Ahora no puedo más, déjame, ya volveré en otro momento.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Melancolia


La sombra caía sobre mis hombros, pesada, plomiza, dejando surcos profundos y húmedos, en los que mis sentimientos íntimos resbalaban lentamente como un débil riachuelo de espeso flujo.


La sangre derramada entre mis piernas dejó un aroma metálico que ya nunca podría olvidar, y un recuerdo agrio se hizo hueco en mi mente, Pero la realidad vestía tu ausencia, y en mis oídos resonaban los llantos de las rocas bañadas por las olas del mar de mi desesperación. Me dolía la garganta de gritar tu nombre que se ahogaba en el silencio, me dolía la mente de pensarte una y otra vez, me dolía el estomago por el hueco producido por tu recuerdo, y no me cansé de buscarte en las calles de mi soledad. Deseé verte aunque sólo fuera un instante, rozar tus labios con los míos, aunque me provocara llagas que nunca conseguiría sanar. Deseé recorrer tu piel con la yema de mis dedos, aunque me quemara con el calor letal de tu cuerpo.


Y en mi debilidad, en el agotamiento que me aplastaba implacable, te vi junto a mí, desnudo sobre mi cama, y tus manos abrasaron mi cuerpo que se estremeció bajo tus caricias, que eran el único hilo que me sostenía con vida. Y en ese espacio sin tiempo, en el que mis pulmones dejaron de respirar, mientras mi mente te creaba junto a mi dándote un cuerpo que ya no me pertenecía, imaginé lo que sería poder dibujar tu perfil, sin morir de melancolía.

lunes, 24 de agosto de 2009

Te extraño


En el silencio de mis momentos, en los suspiros de mis sentimientos, en las lágrimas que lloro por dentro, en lo más profundo que siento.
En mis días comunes, en los huecos de mis pensamientos, en las palabras de mis silencios, en mis callados lamentos.
En mis añorados recuerdos, en todos y en todo, en lo que guardo y escondo, en cada momento, y en todo ello, te extraño y te quiero.

jueves, 20 de agosto de 2009

Hay un lugar







Nunca he creído en un cielo común en el que nos juntemos todos a mogollón. Lo mío es más de paraíso personalizado, donde te encontrarás con todos aquellos con los que hayas sido feliz.





Y allí, en ese lugar, espérame. Hoy te has ido, y aunque estoy muy triste, dentro de mí, brilla la luz de la esperanza, sé que nos volveremos a ver, volveremos a estar juntos, a revolcarnos por el césped, y sé, que mientras yo no llegue estarás bien acompañado, así que dales un lengüetazo de mi parte a Pachi, Pituqui, Centella, Lluneta y Fosca.
Siempre te llevaré en mi corazón.




Hay un lugar donde nuestras miradas se encontraran
Un lugar donde me sentaré a tu lado frente al mar
Donde pasearemos juntos en libertad
Hay un lugar donde mis caricias serán eternas
Un lugar donde tendremos tiempo de jugar
Donde nada ni nadie nos podrá separar

Gracias por estos once años.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Aquella extraña historia







La brisa templada entraba por la ventana, que completamente abierta abría camino a los pensamientos obscenos de aquellos, que atreviéndose a soñar, volaban atravesando el aire rancio de la ciudad dejando atrás, miles de kilómetros intangibles.


Y allí, desnuda sobre el sofá, esperaba sin saberlo, al que de una forma extraña y extravagante, se convirtió en mi amor.


En un principio, desde la semiinconsciencia del primer sueño, creí que el cosquilleo suave que sentía en el perfil de mi pecho eran gotas de humedad salina condensada. Pero cuando la suavidad se convirtió en ligera presión, salí de mi amodorramiento y vi sus manos de dedos anchos y varoniles cubriendo mi piel.


Eran caricias lentas, calientes, que me levantaban la piel. Era una sensación agradable, tentadora, absolutamente irresistible. Me costó un largo instante creer que aquello que estaba sucediendo era real, verídico. Mis ojos soñolientos no conseguían enfocar aquel extraño instante. Y antes de conseguirlo, mis labios fueron sorprendidos por su boca lasciva. Cerré los ojos, y entonces, la visión fue perfecta.


El pelo oscuro le caí en suave cascada rizada descansando ligeramente sobre sus hombros anchos y redondos. Una incipiente barba descuidada cubría su rostro anguloso de marcada mandíbula. No podría decir que era exactamente guapo, pero si varonil, muy varonil. Yo quería observar su cuerpo que ya se apretaba contra el mío que sin preguntarme, había cedido entregándose sin condiciones. Su calor era intenso, acogedor, la humedad nos cubría, unificando aún más nuestros seres.


Su cuerpo se acopló en perfecta unión al mío, y por primera vez, mis ojos se encontraron con los suyos. En ellos no encontré color, eran todo profundidad, luz, paz. Así pasó la vida, la historia del mundo, todo sucedió en aquel momento, todo empezó y acabó en ese instante, y él me contó historias, historias increíbles, que yo, sin saberlo, ya conocía.


En aquel sofá, cada noche tendida desnuda esperando a sentir el cosquilleo suave en el perfil de mi pecho, dejé descansando mucha vida que viví saboreando su piel, dejándome desgastar por sus manos varoniles de dedos anchos. En aquel sofá vivimos aquella extraña historia de amor y pasión en la que me pasee al borde de mi locura. Sin nombre que gritarle al viento, ni fotos que guardar en un cajón. Simplemente un viejo sofá, y una ventana abierta por la que miro desnuda, por la que me asomo a mi delirio, por la que sueño que entra, sin hacer ruido

lunes, 20 de julio de 2009

Llegaremos a tiempo




Apuesto por la vida, por tu vida, que yo no ninguneo por tu condición animal. Y me da lo mismo lo que piense nadie. Vamos a luchar hasta el final, estaré junto a ti, y estoy segura, que llegaremos a tiempo. Yo no puedo salvar el mundo, pero si intentar salvarte a ti, y esa va a ser mi cruzada, nuestra cruzada.



Te dedico este paréntesis en mi descanso, que tu bien te mereces, por todo lo bueno que me has dado, que nos has dado.



Te queremos.

sábado, 4 de julio de 2009

Feliz descanso queridos, ya sabéis, liberad vuestro cuerpo, dad rienda suelta a la imaginación, dejad fluir los líquidos…

Mil besos, y hasta la vuelta.

Si te pienso


No recuerdo exactamente el momento en que tu imagen pasó a formar parte de mi campo visual. Lo que sí sé, es que no llamaste mi atención de forma especial, es más, puedo afirmar con toda seguridad, aun después del tiempo transcurrido, que pasaste absolutamente desapercibido ante mis ojos.
Fue Nacha, la que como siempre, hizo que pusiera mi atención en lo que ella calificó como “ejemplar interesante”. A lo que yo, como casi siempre también, no hice el menor caso.
Pero después, más tarde, cuando te dirigiste a mí de esa forma descarada que utilizas cuando algo te interesa realmente, no pude dejar de reparar en la profundidad del verde de tu mirada, de los hoyuelos que se forman en tus mejillas cuando ríes, de cómo se achinan tus ojos con cada una de tus sonrisas, y del leve temblor de la comisura de tus labios cuando pronuncias palabras que te cuesta decir.
Y no es que en ese mismo instante supiera que eras el hombre de mi vida, siento confesarte, que no sufrí un flechazo fulminante, no, más bien fue una carrera de fondo, algo pausado y dilatado, como el caldo cocido a fuego lento.
Tú supiste esperar, tener paciencia, dejarme macerar en mis propios pensamientos. Y dio su resultado, se podría decir que fui tu flan, y cuando abriste el horno, nuestro amor había cuajado.
Poco a poco, en mis adentros, se fue produciendo un cambio, un cambio dulce y equilibrado, provocado por ese amor suave y calmado que iba creciendo dentro de mí, cubriéndolo todo, como cubre la hiedra los muros que se encuentra en el camino. Y ese cambio que fue moldeando mi alma, como el alfarero en el torno sus vasijas, me convirtió en la mujer tierna y paciente que hoy soy, dejando atrás la persona fría y distante que siempre fui.
Gracias a ti, y a la pasión que sembraste en mi piel, aprendí a vivir utilizando mis cinco sentidos.
Nacha, riéndose de mí, cariñosamente me decía, “nena, te has enamorado hasta las trancas”, y sí, así fue, me enamoré como lo hacen las niñas de su profesor de literatura, o como los chavales de la hermana mayor de su amigo. Me enamoré de esa forma incontrolada que se enamoran los adolescentes, de esa forma, que nunca creí enamorarme.
Contra todo pronóstico, me dejé llevar, me zambullí en tu improvisación, en esa manera desordenada y espontánea tan tuya de vivir la vida. Dejé de plancharme los tejanos, y aprendí a cocinar sin pesar ni medir los condimentos.
Entonces, aquella tarde de otoño, mientras paseábamos bajo la lluvia por las calles de la ciudad, me pediste que me fuera a vivir contigo, y empapada, con el flequillo pegado sobre los ojos, te dije que sí.
La sorpresa asomó a tu mirada, y no entendí que pudieras tener alguna duda sobre cuál iba a ser mi respuesta.
Dejé a Nacha y el precioso apartamento que compartía con ella, para instalarme en tu desorden, en tu caos particular, al que ya, más o menos, me había acostumbrado. Y aquel pequeño y viejo piso fue nuestro hogar. Poco a poco y entre los dos, lo convertimos en nuestro singular universo. Pintamos las paredes plasmando en ellas el color de nuestro amor, y lo fuimos vistiendo con las telas y muebles que comprábamos en nuestros viajes, llenándolo así, de nuestras propias vivencias.
Me encantaba cuando al salir a la calle, cruzábamos de acera y nos parábamos a mirar hacia arriba, para observar nuestro pequeño balconcito repleto de flores. Tras un instante siempre decías, “rebosa felicidad ¿Lo ves?”.
Ahora, desde la distancia que me otorga el tiempo, puedo decir que fueron días felices, muy felices, y lo digo con la seguridad de saber que así los vivimos, y que saboreamos aquella felicidad, hasta su última gota.
Tu anarquía y mi mesura fueron nuestro equilibrio, y en aquellas tardes de salón en penumbras, aprendí que todo lo que fui, fue en ti, que tus silencios llenaron mis palabras, y que nuestros cuerpos, acurrucados en el sofá bajo aquella fina manta, se acostumbraron a latir a un mismo compás, en aquel invierno que fue el umbral del resto de nuestras estaciones.
Y cuando nuestras vidas habían alcanzado la armonía absoluta, en aquel pequeño piso que habíamos convertido en nuestro edén, apareció ella, alborotando nuestra tranquilidad, y desordenando nuestro orden.
Cruce de San Bernardo y Mastín de los pirineos, nos dijo el veterinario, ¿te acuerdas? Fue allí, en aquel parque al que acudíamos algunos domingos, simplemente para pasear y ver como niños y abuelos jugaban con sus veleros en el estanque de peces naranjas. Nos gustaba sentarnos al sol para admirar a los pajaritos ir de acá para allá, dando esos saltitos tan graciosos que utilizan para desplazarse por tierra. Recuerdo como te gustaba que en los días de lluvia, nos cobijáramos en la glorieta de música, para observar cómo se iban formando los charcos en los que se reflejaba el cielo gris.
Aquel día llovía torrencialmente, en el parque sólo quedábamos tú y yo refugiados en la glorieta, bueno, tú, yo, y ella, que apareció bajo la lluvia, con aire triste y melancólico. La observamos durante largo rato deambulando de un sitio a otro, dando vueltas sin rumbo fijo, se la veía desorientada, empapada bajo el chaparrón. Esperamos y esperamos, con la esperanza de que llegara alguien buscándola, pero no apareció nadie, y cuando nos acercamos a ella, pudimos observar que no llevaba collar. Su forma de mover la cola, y sus pequeños ojitos tristes, conquistaron nuestros corazones. Y sin mediar palabra, sin llegar a pacto alguno, en el silencio de nuestra complicidad, nos la llevamos a casa.
Así que allí estábamos los tres, en aquel piso tan pequeño, que entonces, con Abril estirada en el centro del salón, parecía más pequeño todavía.
Tu paciencia, tu sacrificio, tu amor por la perra, me mostró esa parte de ti tan tierna y generosa, que ha hecho que te admire y adore, de esta forma desbordante que me llena hasta sentirme plena de amor, de ternura, de pasión.
Y entonces, sin darme cuenta, empecé a sentir la necesidad de ser madre, nunca había sentido en mi piel el instinto maternal, pero al mirarte e imaginar a nuestro hijo entre tus brazos, comprendí que sólo contigo lo sería, que tan sólo a tu lado, emprendería ese camino.
Decidimos dar el paso, y aún habiéndolo planificado, nos pilló por sorpresa. Nos sentados en el sofá de nuestro salón, aguantando la respiración con el test de embarazo en la mano. Hasta Abril mantenía la mirada fija en esa especie de bolígrafo, que sin dudar, nos dijo que sí, que a partir de ese momento, íbamos a ser cuatro.
Saltabas y saltabas chillando y riendo, Abril ladró por primera vez, y yo, aún intentando hacer lo imposible por evitarlo, me eché a llorar. Parecíamos tres locos de atar, y ahora sé, que no sólo lo parecíamos, sino que realmente lo éramos.
Había llegado el momento de abandonar nuestro pequeño piso, íbamos a ser demasiados para tan poco espacio. Lo cierto es que fue una difícil decisión, he de confesarte, que cuando me cogiste de la mano para recorrerlo por última vez, en mis ojos las lágrimas luchaban por no caer rodando por mis mejillas. Cuantos recuerdos, cuantos momentos felices vividos entre esas paredes, cuanto amor pegado en los rincones, cuantos días para no olvidar. ¿Sabes? ayer pasé por enfrente, las persianas estaban cerradas, y en su pequeño balcón, ya no hay flores, ya no rebosa felicidad.
Con la ilusión en las maletas nos instalamos en el ático, creo que a quien más le gustó el cambio fue a Abril, ¡menudas siestas al sol!, en la preciosa terraza que llenamos de flores.
Aunque en un principio no estuve de acuerdo con la habitación que elegiste para el bebé, con el paso de los días me di cuenta que tenías razón, que era la más luminosa, la más cálida en invierno, y la más fresca en verano. La pintamos en aquel precioso color melocotón, tan suave y relajante.
Abril escogió nuevo sitio para dormir, frente a la puerta de la habitación del bebé. Tú te reías de ella llamándola, “el amo del calabozo”.
Yo engordaba y engordaba, y tú me mimabas y me mimabas. Me hacías andar mucho porque el médico dijo que era bueno, fuimos a las clases de preparto, nos compramos el famoso libro de los nombres. Creo que no nos dejamos ningún paso a seguir por los padres primerizos.
Aquellos días hermosos, dulces como el algodón de azúcar que tanto gusta a los niños, los dedicamos a querernos, a cuidarnos el uno al otro, a disfrutar de cada momento. Las tardes en el sofá se volvieron un poco más incomodas, pero infinitamente más tiernas, te pasabas horas con tu mano en mi abultada barriga esperando cualquier movimiento, al que siempre respondías con la misma alegría y sorpresa de la primera vez.
Pero aquella felicidad que sentimos tan nuestra que creímos que nadie nos la podría arrebatar, desapareció con la facilidad que el viento arrastra las hojas secas caídas ya de sus ramas.
Tus ojos verdes, se tiñeron de gris cuando te dije que llevaba dos días sin sentir los movimientos del bebé. Empezaste a tocarme la barriga, apretando por un lado, luego por otro, para ver si conseguías que se moviera, pero nada, no hubo respuesta, y sin esperar más, me llevaste a urgencias.
Tu preocupación se instaló en mi corazón, y sin poderlo evitar, empezaron a brotar las lágrimas en mis ojos. No quería llorar, pero un amargo presentimiento se iba apoderando de mí, según nos acercábamos al hospital.
Una vez allí, tu estado rayaba la histeria, y le gritaste a la enfermera, que mirándonos con desprecio soltó un… “primerizos”, muy bajito, que hizo que perdieras aún más los estribos.
Nos hicieron pasar rápido, no sé si por tu estado de excitación, o por la posible gravedad del caso. Pero lo cierto, es que enseguida nos atendió aquel médico tan agradable, que lo primero que hizo fue intentar tranquilizarnos, dándonos varias razones por las que nuestro bebé, podría no haberse movido en esos dos días. No obstante, dijo que ir al hospital había sido la mejor decisión, y que en un momento saldríamos de dudas y nos podríamos ir a casa tranquilamente.
Nunca deseé algo tanto como que aquel doctor no se equivocara, aunque en lo más profundo de mí ser, sabía que sí lo hacía.
Sentí tu cálida mano sobre la mía mientras el médico preparaba el ecógrafo, fueron segundos, supongo, pero a mí me parecieron horas.
No hizo falta que aquel hombre pronunciara las palabras, y digo hombre, porque en aquel instante dejó de ser médico para convertirse en persona, fue como la metamorfosis de la mariposa, frente a nosotros ya no había un profesional, sino un ser humano que reflejaba en el rostro, lo que sus ojos veían.
Tu mano se cerró apretando la mía, y mi silencioso llanto se convirtió en ahogados sollozos. No podía mirarte a los ojos, tenía miedo de enfrentarme a ellos, miedo, a lo que en ellos pudiera encontrar.
Nunca hemos hablamos de esto, quisimos olvidarlo y enterrarlo en lo más profundo de nuestro ser, y quizás no fue una buena decisión, porque los fantasmas que uno esconde, siempre vuelven, hasta que los aceptas dándoles su lugar.
Nuestro bebé había muerto, su pequeño corazoncito había dejado de latir. El doctor nos propuso inducir el parto lo antes posible, y así lo decidimos. Lo que tenía que haber sido el momento más feliz de nuestras vidas, se convirtió en la peor de las experiencias, aquellas horas amargas, de una forma u otra, nos marcaron para siempre.
Yo no quise verle, pero vi como tú lo mirabas, me sorprendió advertir una sonrisa en tus labios, una sonrisa tan tierna, que inesperadamente, me llenó de paz. Luego, cuando me miraste con tus ojos inundados de lágrimas, dijiste algo, que cada noche desde aquel día, en ese pequeño instante que mi mente se balancea entre lo real y lo irreal, te escucho pronunciar… “es un ángel cariño, se ha ido, porque es un ángel”.
Aquellos días que permanecí ingresada, fueron los más oscuros de mi existencia, el miedo a enfrentarme a aquel piso que ya olía a bebé, hacia que no tuviera ganas de volver a nuestro hogar, aunque deseaba con todas mis fuerzas salir del hospital, para poder volver a dormir abrazada a ti.
Nunca sabrás cuanto agradecí que al llegar a casa, la habitación del niño hubiera desaparecido, y en su lugar estuviera aquel despacho con las paredes pintadas de alegres y estridentes colores.
La que siguió durmiendo frente a esa puerta, negándose a olvidar, fue Abril, ¡que curiosos son los animales! ¿Verdad?
Aquel viernes por la tarde, cuando salí del trabajo y te encontré frente a la puerta sobre aquella preciosa “Harley”, no me lo podía creer, tener una moto como esa era uno de mis sueños olvidados. Me monté detrás y me agarré a tu cintura, cogimos carretera y manta hasta aquel precioso hotelito rural. Fue un fin de semana de ensueño, tu amor y ternura anegó cada uno de mis poros, de mis huecos, llegando hasta el más profundo de mis rincones. Me sentí amada hasta la locura, y te amé hasta enloquecer. Deseé que no acabara nunca, que se parara el tiempo, para poder permanecer allí, instalados en la eternidad.
Pero se acabó con la rapidez que pasa una ráfaga de viento, y una vez en casa, si no hubiera sido por los dos cascos que descansaban sobre el mueble del recibidor, hubiera creído que todo había sido un precioso sueño.
Ahora que estoy aquí, sola, en nuestra cama, con tu lado escrupulosamente liso y bien puesto, ahora, que hace unos meses que te has marchado, me pregunto, si esta vida, fue real. En este tiempo que ya no te tengo, desde aquel día que me llamaron al trabajo, y salí corriendo al hospital, desde aquel día que bese tus labios fríos como el mármol, no sé, si vivo una realidad.
Abril eligió irse contigo, en silencio, sin molestar, simplemente decidió no despertar, y me dejó aquí, más sola de lo que ya estaba. Y aquí estoy, donde me dejasteis, instalada en esta soledad, que se posa por todas partes, como el polvo sobre los muebles, creando una delicada película que aunque a primera vista no se percibe, está ahí, cubriéndolo todo, filtrándose por la más fina de las rendijas, llegando inevitablemente, hasta el último rincón.
Este tiempo he estado con Nacha, no me dejaba volver a casa, he de decirte que he hecho más cosas que nunca, me ha presentado a tanta gente, que soy incapaz de recordar a nadie. Me hizo tirar la ropa que me compré contigo, para cambiarla por cosas nuevas, incluso me llevó a la peluquería para renovar mi imagen, ¿te gusta mi nuevo corte de pelo?, y todo para que te olvidara, para que no pensara en ti, para borrarte de mi mente.
¿Te imaginas? ¿Cómo te podría olvidar? Sería como olvidar mi nombre, como renunciar a mi identidad, pero lo curioso, es que todo el mundo me decía lo mismo. “Tienes que salir, rehacer tu vida, eres muy joven, la vida sigue, tienes que olvidar”. Y organizaban mis fines de semana, y llenaban mi tiempo, me hacían compañía las veinticuatro horas del día, como los soldados que hacen guardia en las garitas de vigilancia. No querían nombrarte, evitaban tus fotos y todo aquello que me pudiera recordar a ti, era como si nunca hubieras existido, te querían borrar de mi recuerdo, como se borra una huella de un cristal cuando lo frotas con un trapo y vuelve a brillar.
Y yo, por miedo a ese dolor agudo y agrio que se había acomodado en mi estomago, por miedo a enfrentarme a nuestro ático solitario, por el terror al frio helado de esta cama nuestra, me dejé llevar. Pensé que sería lo mejor, que así sería más fácil, que podría superar el dolor si conseguía no pensarte, hacer como si no hubiera pasado nada, como si siempre hubiera estado sola.
Pero cada día el dolor era más intenso, cada día las lágrimas acudían más fácilmente a mis ojos. Cada vez, en lo más profundo de mí ser, crecía más y más una angustia agónica y punzante, que poco a poco, me iba atravesando desgarrando mi interior. Y una mañana gris y lluviosa, como aquella en la que encontramos a Abril, decidí pasear por nuestro parque, y me refugie en la glorieta, para más tarde, pisando los charcos en los que se reflejaba el cielo gris, volver a casa. Y me escapé como una niña traviesa, sin que nadie se enterara, y al abrir la puerta de nuestro hogar, me llegó tu fragancia que todavía flotaba en el ambiente, y me sentí mejor, sentí que volvías a calentar mi alma, y en nuestra habitación, saqué toda tu ropa del armario, para revolcarme con ella en nuestra cama. Y contigo tan cerca, me dormí, me dormí embriagada de ti, y soñé, soñé con tus manos recorriendo mi cuerpo, y con tus labios cálidos besando los míos. Mi boca pudo pronunciar las palabras que me dieron la paz que necesitaba, en ese sueño, me pude despedir de ti, y decirte al oído, cuanto te he amado, cuanto te amo, y cuanto te amaré.
He decidido no olvidarte, y tenerte presente en cada uno de los momentos de mi vida, como siempre desde aquel día que llegaste a mí con pasos lentos y silenciosos, dejando una huella tan profunda, que perdurara en mí hasta el fin de mis días. Porque he aprendido, que si te pienso, el dolor… es menos intenso.

lunes, 29 de junio de 2009

Sentirte

En la noche solitaria y silenciosa, leo tus letras en las que me gusta revolcarme, tus palabras resbalan por mi cuerpo dejando un rastro húmedo, brillante, impregnando mi piel de tu esencia. A veces se agarran con tanta fuerza, que me provocan heridas, heridas que se hunden en mi carne, hasta llegar a mi alma dejando en ella cicatrices, imposibles de curar.

Quisiera oírtelo decir, que soy yo a quien buscabas, quisiera, que una tarde de otoño, sentada en mi roca respirando el mar, te acercaras sigilosamente y me abrazaras por la espalda. Sin necesidad de verte, sólo sentirte, olerte, escucharte.

Te entregaría mi alma, para que la enredaras con la tuya, para que escribieras con tus letras mis sentimientos, para escribir yo con las mías tus anhelos. Para ser uno en dos, para sentir el placer que no alcanza el cuerpo.

Quisiera sentirte, desde dentro, sentirte, sin espacio, ni tiempo.

domingo, 28 de junio de 2009

Olimpia

Olimpia caminaba despacio por la ardiente acera que reflejaba los rayos solares que caían pesados sobre ella. Su falda se balanceaba al ritmo de sus caderas sobre las que descansaba la traslúcida tela. La luz perfilaba la contorneada silueta de sus largas piernas, y el aire esparcía por doquier su aroma de almizcle.

A poco le calculaba unos treinta años, lo suficiente para pasar inadvertido a sus caramelizados ojos, en los que me hubiera sumergido a plena apnea.

Andaba tras ella sigiloso observando sus glúteos subir y bajar bajo la tela, mi mente los dibujaba desnudos, suaves, prietos, rosados, con el frescor de la hierba buena. Seguía sus pasos hipnotizado imaginando su piel entre mis manos, su cuerpo contra mi cuerpo, su boca bajo mi boca. Y sin esperarlo, se giró. Sus pezones henchidos, erectos, abultaban la fina tela apuntándome directamente, una erección implacable abultó mi sexo. Ella se rió y su carcajada rebotó en las esquinas de la solitaria calle repitiéndose una y otra vez.

Yo me quedé quieto, estático, atrapado por la sensualidad de su suntuoso cuerpo que paralizo mis sentidos dejando esculpida una estúpida sonrisa en mis jóvenes labios. Sus ojos caramelo me observaban divertidos, mientras una de sus manos cogió la mía. Ante mi perplejidad, llevó mis dedos a la altura de sus pechos y sin retirar la mira de mis ojos los pasó suavemente sobre sus pezones de mármol. Por un momento pensé que la cremallera de mis pantalones iba a explotar, pero ante su resistencia un dolor ardiente se apodero de mi entrepierna.

-¿Qué edad tienes?

Su voz cálida me cogió por sorpresa. Dudé entre decir la verdad o mentir, y justo cuando iba a contestar, ella me interrumpió.

-Da igual, ¡vamos!
Empezó a andar con paso firme, volviendo a balancear la falda al compás de sus caderas. Yo ahora seguía sus pasos sin disimulo, observando cómo se hinchaban una y otra sus nalgas al caminar.

Nos adentramos en un pequeño y oscuro portal que albergaba una empinada escalera de altos peldaños por los que subimos rápidamente. No sé exactamente si fue en el tercer o cuarto piso en el que introdujo una llave que sacó de entre sus pechos. Al abrir la puerta la luz se abrió paso por el hueco del marco. Grandes ventanales daban paso a los destellantes rayos solares que resbalaban por las blancas paredes de toda la casa.

Olimpia entró sin decir nada, yo la seguí por el pasillo observando su silueta contornearse, mientras se desabrochaba la cremallera lateral del vestido, que cayó al suelo sin hacer ruido. Lo noté resbaladizo bajo mis zapatos que no lo pudieron esquivar debido a que toda mi atención estaba en ese imponente cuerpo que lucía bsolutamente desnudo, como la Venus de Velázquez.
Se adentró en una habitación en la que la luz era mucho más tenue, en el aire flotaba un ligero aroma a incienso que otorgaba un toque exótico a la estancia. Se tumbó sobre la gran cama de impolutas sabanas del color del buen vino. No podía apartar mis ojos de esos pechos de sobresalientes pezones oscuros. Entonces abrió sus piernas dejando al descubierto su sonrosado sexo absolutamente rasurado. Me recordó a un jugoso y rebosante fresón que deseé comerme.
Ella posó su mano sobre su sexo y empezó a acariciarse. El dolor en mi entrepierna comenzó ahora con más intensidad, y me apresuré a liberarlo. Me desnudé bajo su atenta mirada que me recorría lentamente mientras se mordía el labio inferior.

Se incorporó quedando sentada sobre la cama y me hizo un gesto para que me acercara. Acarició mi pene pletórico, rebosante, y pensé que iba a estallar cuando noté sus labios cubrirlo. Sentí su lengua húmeda, cálida, blanda. Empezó a moverse en lentos movimientos, succionando cuidadosamente, no podía retenerlo más, notaba como subía con fuerza pero no quería correrme todavía, así que la aparté. Ella me miró sorprendida y sonrió. Volvió a tumbarse y se abrió completamente de piernas. Me agaché y le lamí el clítoris, los labios, saboree su carnosa vulva, mientras ella se estremecía y abría aún más sus piernas. Acompasado por un agudo gemido su flujo manó cálido, sabroso, me embriagué del elixir de su cuerpo.

Quedó tendida, exhausta, quieta, mientras yo la penetraba. Al entrar en ella su cuerpo reaccionó, volviendo a la pasión aún no agotada. Ya no podía aguantar, el deseo era demasiado intenso, así que mis movimientos fueron rápidos, enérgicos, y nuestros cuerpos convulsionaron por el placer a un mismo tiempo.
Tras la pasión la calma, caí rendido en un profundo sueño en el que volví a poseer su cuerpo. Al despertar, ella no estaba, las suaves cortinas ondeaban movidas por la brisa, el olor a incienso seguía flotando en el ambiente, desesperado fui a buscarla, pero después de aquel día no la volví a ver, por eso hoy, al recordarlo, me pregunto si Olimpia fue real, o sólo un cálido sueño.

miércoles, 24 de junio de 2009

Quiero...


... compartir un momento, intimo, solitario, un momento en la nada, en el arcén del mundo, un momento en el que sólo corra el aire de un suspiro, un momento, en el que todo sonido sea un gemido, y en el que la pasión, sea el único sentido… ¿hay alguien que quiera compartirlo conmigo?

lunes, 8 de junio de 2009

Guarda silencio


No digas nada, guarda silencio, sólo obsérvame mientras te miro, y deja que respiremos juntos el tiempo, no digas nada, guarda silencio, sólo quédate quieto, y deja que nuestras manos, dibujen nuestros deseos.

sábado, 6 de junio de 2009

Para todos los vanidosos


El otro día una amiga me estuvo diciendo que por qué no daba a conocer mi blog, que debería poner enlaces, anuncios, no sé, abrirlo al ciberespacio, yo le dije que esa nunca había sido mi intención, que siempre había querido crear un espacio intimo, para una diminuta minoría, como esos pequeños pubs con música en directo, un lugar donde la calma, el silencio, la paz, me den la serenidad que necesita mi alma, un lugar al que acudir cuando la rapidez y el ruido del mundo me sobrepasa. Ella me dijo que de nada servía escribir, si nadie me leía, si no tenía el reconocimiento de un público, le expliqué que a mí con quererme yo y con mi propio reconocimiento ya tenía bastante, a lo que ella replicó “ni que pintado hija, ni que pintado, lo de vanidades te va que ni pintado”.


Aún estando segura de mis razones, su elocuencia me hizo dudar, así que cuando se marchó me dediqué a visitar blogs populares y exitosos en los que sus autores se dan baño de masas en cada una de sus entradas, blogs con enlaces, publicidad, música, seguidores, etc, etc. y después de mi ciberpaseo, después de leer y ver algunos comentarios, después del bullicio de esos blogs, volví aquí corriendo, con la misma necesidad y ansiedad con la que corro cada día cuando acabo la jornada en mi taller de restauración y necesito una buena ducha, la sensación fue la misma, quería quitarme el sudor y el polvo que me cubría.


Con esto no quiero ni menospreciar, ni criticar la labor de nadie, sólo quiero decir que cada vez tengo más claro que no pertenezco a este cibermundo, que esta no es mi guerra, y que me encanta este pequeño rincón perdido, en el que vuestros silencios son mis palabras, y vuestras palabras, la música intimista de este pequeño pub.

Esperando a la oscuridad


Seguía sentada sobre la roca, esperándola. Un sentimiento agudo, punzante, me invadía llenando mis ojos de lágrimas. En el horizonte, un ser alado dando vueltas en el espacio, dibujando curvas retorcidas, subiendo, bajando, dejándose llevar.


En el aire, o sobre él, un aroma cítrico, refrescante, un aroma que me recordaba algo lejano, lejano en el espacio y en el tiempo. Entonces sonreí, me encontré con sus ojitos azules, inocentes, con un toque melancólico, triste, y junto a ellos, otros, estos verdes, chispeantes, traviesos. Ellos, los azules y los verdes, lo iluminaron todo, apagaron el sol, cegaron el reflejo de la luna.


Por un momento la ilusión me cubrió con su manto de seda, y decidí marcharme, seguir aquel camino que emprendí hace algún tiempo. Pero mi cuerpo permaneció quieto, observando el oleaje que en algún momento me salpicó con pequeñas gotas saladas, semejantes a pequeñas lágrimas pletóricas de dolor.


Y entonces la vi, con su capa negra mirándome desde la oscuridad, llamándome desde el silencio, y supe, que por ellos, bajaría al mismo infierno, y por ellos, me agarré a la roca, y sin moverme, la vi marchar.