AQUELLOS SILENCIOS QUE MI ALMA HA GUARDADO DURANTE TANTOS AÑOS,AHORA HABLAN EN ESTE RINCÓN PERDIDO, EN EL QUE SE ENTREMEZCLAN LOS ECOS DE LO REAL Y LO IMAGINARIO, QUE LLEGAN, DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MIS ADENTROS.

Tú acomódate, desnuda tu cuerpo y tu alma, embriágate del aroma a sándalo… y sueña.

domingo, 7 de diciembre de 2008

La mecedora

Hacía tiempo que Marta, mi gran amiga de la infancia y yo, buscábamos piso para compartir. Pero lo cierto es que el panorama no pintaba bien, el que no era inaccesible para nuestros bolsillos, era demasiado humilde para el hocico fino de Marta. Así que ya llevábamos meses pateándonos la ciudad sin resultado alguno, aparte de tremendos dolores de pies.

Aquella noche, el ligue de mi amiga sirvió para algo más que para engordar su ego y la lista de amantes de su agenda.

Era agente inmobiliario, y tras la implacable caidita de ojos de Marta, se comprometió a encontrarnos piso.

Así que a las cinco de la tarde del día siguiente, con la puntualidad de un reloj suizo, nos plantamos en la inmobiliaria.

Los ojos del muchacho al ver entrar a Marta brillaron con la inconfundible luz del deseo, sonrío, y nos saludo efusivamente.

- Justamente estaba pensando en vosotras, esta mañana he recibido una llamada para ir a ver un piso para alquilar, he ido y me ha encantado, es un piso antiguo pero muy bien conservado, está completamente amueblado, tiene muchísima luz, y la cocina y los baños están impecables.

- Bueno, bueno, pinta bien, pero ya sabes que tenemos un presupuesto muy ajustado (le dijo Marta en un tono extremadamente sensual).

- Eso es lo mejor ¿Cuánto podéis pagar?

- Lo que sería perfecto para nuestra economía sería 350 €, pero como eso es imposible, haciendo un esfuerzo podríamos llegar máximo a 500 (le dije resuelta)

- ¡Qué casualidad! La dueña, que es una encantadora ancianita que vive en el piso de abajo, insistió en que quería que los inquilinos pagaran 350 €, que le descontáramos lo que quisiéramos, pero que el precio final a pagar tenía que ser 350€ ¿curioso, no? (dijo pensativo)

- ¡Eso es fantástico! (casi chilló Marta), vamos, no perdamos tiempo, quiero verlo ¡Ya!

Así que allí nos dirigimos los tres.

Desde fuera la cosa no podía pintar mejor, el edificio estaba situado en una tranquila calle de un conocido barrio de Barcelona, justo enfrente de una iglesia.

La portería era señorial, con un impresionante portón de madera y cristal, que el muchacho abrió con una gran llave.

- La señora me ha dicho, que sobre todo hay que tener cuidado de no perder la llave, pues no es fácil encontrar quien sepa hacer una copia (nos dijo mientras hacía girar la llave en la cerradura)

Ante nosotros se erguía solemne una preciosa escalera de mármol con un pasamanos tan dorado que se diría de oro. Junto a ella nos esperaba un ascensor tan antiguo como todo lo demás.

Abrimos la puerta de hierro forjado, y después las dos de madera con bellísimas agarraderas de bronce. Pese a mi claustrofobia entré en el acristalado ascensor para poderlo observar mejor.

Me senté en el asiento intentando controlar mi respiración mientras escuchaba el chirriar de la vieja maquinaria, y observaba con detenimiento cada detalle del ascensor.

Tras la agónica ascensión llegamos al rellano y nos plantamos frente a una labrada puerta con una gran mirilla de latón.

El amigo de Marta abrió la puerta, y frente a nuestros ojos apareció un precioso recibidor en el que una mullida alfombra vestía el suelo de terrazo antiguo.

Junto a una luminosa ventana, se erguía un perchero de pie en madera de roble, que acompañaba a un elegante taquillón y un paragüero a juego.

Recorrimos el ancho pasillo que iba dando paso a las estancias de la casa. Las paredes en color arena daban calidez al ambiente. Dos espaciosas habitaciones, un aseo, un cuarto de baño, una acogedora cocina, y un amplio salón con dos salidas de altas cristaleras a un gracioso balcón decorado con bonitas plantas, y una pequeña mesita con dos sillas en hierro blanco, componían el apartamento.

Todos los muebles eran antiguos, estaban delicadamente restaurados y cuidados, un agradable olor a cera de muebles flotaba en el ambiente.

Sólo una pieza parecía haber sufrido el paso de los años, era una hermosa mecedora de madera reseca marcada por la carcoma.

Estaba en un rincón como apartada de todo lo demás, tenía un aire triste y solitario, como si hubiera sido marginada por el resto del mobiliario.

Mis ojos la recorrieron lentamente, deteniéndome en cada una de sus curvas, imaginando mis manos lijándola pausada y suavemente, para poder sentir después su tacto aterciopelado al untarle la cera.

Unos golpecitos en el hombro me sacaron de mi ensoñación

- ¡Nena! ¡Quieres volver al planeta tierra! Te estaba diciendo, que esa porquería llena de bichos se la tendrá que llevar la dueña del piso a su casa.

Me dijo Marta señalando la mecedora.

- Esa porquería, como tú la llamas, tiene más años que nosotros tres juntos, y si pudiera hablar, seguramente te contaría historias más interesantes de las que vivirás tú en toda tu vida, así que un respeto, y si está aquí, será que así lo quiere la dueña de la casa, y ya te anticipo que no pienso perder el piso por tus manías.

Le repliqué en un tono contundente que hasta a mí me sorprendió. Marta me miró extrañada y al cabo de unos segundos me contestó.

- Como me aburres cuando te pones en ese plan trascendental con los muebles y su historia. Pero bueno, he de reconocer que el piso está bien, no es de mi estilo, pero por este precio no vamos a encontrar nada mejor.

- Por este precio no vais a encontrar nada, ni mejor ni peor.

Nos interrumpió el amigo de Marta.

- Para mí es ideal, si lo hubiera decorado yo, no me gustaría más. Tiene un aire romántico que me encanta, es alegre, acogedor, me he enamorado.

- Ya te veo, ya, ¡bueno! pues nada más que decir, ¡nos lo quedamos!

Dijo Marta sonriendo.

Los días siguientes fueron de idas y venidas, preparativos, sólo quedaban cinco días para el uno de Diciembre que era cuando teníamos previsto instalarnos en el piso.

Al disponer de un horario más flexible fui yo la que me encargué de hacer el traslado.

El chico de la inmobiliaria, nos había dicho que la dueña no tenía ningún inconveniente en que empezáramos a meter cosas en el piso antes del día uno, así que sin dudarlo, empecé a llevar cajas y a llenar los armarios.

Compré varios ramos de flores, el piso lucia hermoso, el sol entraba a raudales por los amplios ventanales, y la energía positiva bailaba al son de la música que para sorpresa mía, salía de una radio antiquísima que yo creí sólo de decoración.

Me sentía feliz, pletórica, parecía que aquel había sido el hogar de toda mi vida.

Me sobresaltó el timbre de la puerta, no sabía quién podía ser, así que fui a abrir intrigada.

Frente a mí, un entrañable ancianito de sedoso pelo blanco y vivaces ojos azules, me saludo sonriente.

- Buenos días, soy el dueño del piso, he venido a presentarme y a saludarla, perdone si la molesto.

- No por Dios, todo lo contrario, lo cierto es que tendría que haber bajado yo a saludarles, el señor de la inmobiliaria nos dijo que vivían justo debajo, he sido una desconsiderada, discúlpeme, pero con todo este lío, la verdad es que no he caído.

- ¡Qué va! No te preocupes, es normal, lo que pasa es que ya sabes cómo somos los viejos, no tenemos muchas más cosas que hacer, y aprovechamos cualquier ocasión para hablar con alguien.

- Jajajaja, pero pase, no se quede en la puerta, no tengo mucho que ofrecerle, pero si le apetece un poco de leche o un zumo con unas galletas.

- Si me prometes que no se lo vas a contar a mi mujer, te acepto un vasito de leche templada con dos galletas.

Me pareció tan tierno que tuve que retener mis ganas de plantarle dos besos sonoros en sus mejillas sonrosadas. Así que me dirigí a la cocina a prepararle la merienda al encantador abuelito.

Cuando entré en el salón con la bandeja, portando su leche, sus dos galletas, y un vaso de zumo para mí, lo encontré sentado en la mecedora.

Se balanceaba suavemente, y tenía la mirada perdida en el tiempo, lo vi tan cómodo que acerqué una pequeña mesita para dejar la bandeja, y una silla en la que sentarme.

Me contó su afición por restaurar muebles, yo le confesé que a mí también me gustaba, intercambiamos batallitas de recogida de muebles viejos por las calles, comentamos pequeños trucos, y nos confesamos nuestras marcas preferidas de barnices y ceras.

Entre los dos se creó ese vinculo tan especial que nace entre dos personas que comparten una misma afición y que vibran con las mismas cosas.

Entonces le pregunté por la mecedora, y su mirada se entristeció, y mostrándome sus manos deformadas por la artrosis, me explicó que ya no tenía ni la movilidad ni la fuerza necesaria para restaurarla.

Me ofrecí a hacerlo yo, siempre bajo su supervisión, lógicamente. La ilusión volvió a su mirada, y me dijo que sería maravilloso poder ver la mecedora restaurada.

Quedamos que más adelante, cuando Marta y yo estuviéramos definitivamente instaladas, él y yo nos pondríamos manos a la obra.

Nos despedimos, y entonces sí le planté dos besos en sus sonrosadas y delicadas mejillas.

Como ya se me había hecho tarde, recogí la bandeja de la merienda, lave los vasos y el plato, lo puse todo en orden, y con eso de ¡mañana será otro día!, me marché.

Y efectivamente, a la mañana siguiente, era otro día, y como tenía que recuperar el tiempo perdido, me fui directamente al piso.

Estaba en la que iba a ser mi habitación, era un precioso dormitorio con la cama de hierro en color marfil, y dos mesitas desiguales en decapé también marfil, a juego con el amplio armario.

Mientras iba ordenando cosas recordaba la conversación del día anterior, cuando me interrumpió el timbre de la puerta. Sonreí al pensar que sería mi ya querido abuelito, y fui canturreando a la puerta.

Pero esta vez, era una ancianita la que me sonreía.

- Buenos días, no quisiera interrumpirte, sólo he subido para saludarte.

- Muchas gracias, yo pensaba pasar por su casa antes de marcharme, pero pase, no se quede en la puerta, no tengo mucho que ofrecerle pero si le apetece un poco de leche, o un zumo con unas galletas.

- No gracias, no me apetece nada, acabo de tomarme un té, además no me quedaré mucho, desde que mi marido murió no puedo estar mucho tiempo aquí, todos estos muebles me traen demasiados recuerdos, empleó tanto tiempo en restaurarlos, tenía tanta ilusión, cada vez que recogía un mueble de la calle parecía un niño con zapatos nuevos, por eso cuando sus manos se deformaron y perdió la fuerza, algo se apagó dentro de él. Se pasaba las horas aquí admirando los muebles, esta era su obra. Hay una mecedora que ya no pudo restaurar, te habrás dado cuenta de que está vieja y picada de carcoma, por eso te quería decir que si quieres tirarla lo entenderé, yo no lo he hecho porque me da pena, él solía sentarse en ella y se quedaba con la mirada perdida, supongo que imaginando que la restauraba.

Las lágrimas acudieron a sus ojos, y yo sin saber que decir, paralizada por una sensación tan extraña que nunca podré explicar, me quedé allí estática, hasta que apenas atiné a decir:

-Yo también restauro muebles, si quiere, la puedo restaurar.

-Oh, eso sería maravilloso, si no te importa. Y me lo descuentas del alquiler del piso.

-No por favor, para mí será un placer, no le cobraré nada, tómeselo como agradecimiento a alquilarnos un piso tan bonito a tan bajo precio.

-Bueno quizás no debería decirle esto porque vas a pensar que soy una vieja loca, pero la verdad es que cuando decidí alquilar el piso, soñé con mi marido, y en ese sueño me dijo, que lo pusiera a ese precio, que así llegaría la persona adecuada. Y ahora creo que tenía toda la razón. Pero no me hagas caso, son cosas de una vieja solitaria.

-Lo cierto es que no me parece nada raro, es más, estoy convencida de que fue así. Quizás es porque yo también estoy un poco loca.

Las dos nos reímos y nos besamos al despedirnos. Cuando cerré la puerta corrí a la cocina, todavía tenían que estar los dos vasos y el plato de la merienda en el escurridor, ya que yo no los había guardado, pero mi sorpresa fue que en el escurridor sólo había un vaso.

Me senté en la mecedora y no sé cuánto tiempo permanecí con la mirada perdida.

Restauré la mecedora, y durante todo el tiempo en que Marta y yo vivimos allí mantuvimos una entrañable relación con nuestra casera, a la que llegamos a querer como si fuera nuestra verdadera abuela.

Al ancianito no lo volví a ver, y esta historia, jamás me atreví a contársela a nadie.

3 comentarios:

Ana Belio dijo...

Pues es una historia preciosa, es uno de esos textos en los que dejas ver toda tu ternura.

Está repleto de imágenes, y me ha encantado, porque necesitaba leer algo así.

Un beso muy fuerte cielo.

Anónimo dijo...

La historia es buena, está bien llevada, estupendamente contada. Un encanto conocerte e irte sabiendo poco a poco, me gusta verte en todas tus iridiscencias.

También te dejo un par de besos en las mejillas y un sólido y fuerte abrazo; también...

El lobo.

VANIDADES dijo...

Gracias chicos, nunca he escrito con la idea de que alguien me leyera, y no me acostumbro a que haya a quien le pueda interesar lo que escribo, por eso os agradezco muchísimo vuestros comentarios.

Mil besos.