AQUELLOS SILENCIOS QUE MI ALMA HA GUARDADO DURANTE TANTOS AÑOS,AHORA HABLAN EN ESTE RINCÓN PERDIDO, EN EL QUE SE ENTREMEZCLAN LOS ECOS DE LO REAL Y LO IMAGINARIO, QUE LLEGAN, DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MIS ADENTROS.

Tú acomódate, desnuda tu cuerpo y tu alma, embriágate del aroma a sándalo… y sueña.

jueves, 29 de mayo de 2008

Trilogía de una tristeza



VACÍO, ESPACIO, Y ALMA

He querido quererte desde mi espacio,
espacio vacío que no logro llenar,
vacío donde se encuentra mi alma,
mi alma que se encuentra en soledad.


Soledad que llena mi espacio,
espacio lleno de soledad,
vacío que lo llena todo,
todo lo que no quiero llenar.


Vacío, espacio, y alma,
que duele cuando tú no estás,
cuando tú no estás sólo hay vacío,
cuando tú no estás no queda espacio,
cuando tú no estás…
mi alma llora en soledad








HOY

Hoy, mirando en mis adentros, rebuscando en mis entrañas,

encontré un pedazito, un pedazito de mi alma.

Estaba allí, solitaria, llorosa, resignada,

y le dije, como Jesucristo a Lázaro,

¡levántate y anda!.

Mi alma cabizbaja, meditabunda, renunciada,

me dijo entre lágrimas.

“No puedo, no quiero, déjame estoy anegada”.

Yo preocupada indagué,

pero dime alma mía,

que tienes, por qué sufres, que te pasa.

Ella mirándome a los ojos,

me dijo dolorida, me dijo delirada,

“Que él se ha ido, se ha marchado,

y tú, tú te has quedado callada”.












MI SOMBRA

Sentada sobre la roca notaba las frías gotas que salpicaban las rabiosas olas, que estrellándose una y otra vez parecían quererse quejar y contar sus penas.

Sin saber porqué, la tristeza me invadía cruel, y las lágrimas retenidas enrojecían mis ojos que no las querían dejar marchar.

Mi corazón se oprimía en un largo quejido, mientras la soledad de mi alma lo azotaba con su látigo de hiel.

Y entonces sí, entonces lloré, lloré como sólo lloran los niños, entregándome al llanto convulso, sin retenciones, hasta casi ahogarme en mis propias lágrimas.

Y a mi mente vinieron tantos nombres, nombres que me acompañaban, nombres que se alejaban, nombres que me decían tanto, y tu nombre, que no… que no me decía nada.

El cielo gris se oscureció, el aire se levantó, y las olas embravecidas, se acercaban a mí con más fuerza, y en mi mente una ilusión, una idea… me llevaran con ellas.

Y abrazando mis rodillas cerré los ojos y escuché tu voz, tu voz tranquila. Me levanté y me fui, pero mi sombra… mi sombra se quedó allí… allí con ellas.

sábado, 26 de abril de 2008

En la distancia


En la noche tiemblo, en la noche, porque no te tengo, te siento cercano y lejano, te siento, a mi llegan tus pensamientos, pero no sé, si tú recoges mis besos.


No sé cómo es tu cuerpo, pero sé, que poco a poco te tengo. Marchas, y la soledad me atrapa, entonces quiero llorar, desde dentro, quiero llorar, llorarle al viento.


Siento que tus manos recorren mi cuerpo, manos de aire que me acarician en mis sueños, caricias que tan tiernas presiento en mi silencio.


Y tus ojos, en los que no me reflejo, quisiera mirarme, mirarme en ellos, pero aunque los busco entre las estrellas, los busco, pero no los veo.


Escucho a través del tiempo, los latidos de tu corazón, latidos en los que me mezo, latidos que calman mi alma, latidos que golpean mi pecho.


Y en la distancia, y en el tiempo, y en todo aquello que nos separa, en todo aquello, encontrare el espacio, encontrare el momento, para que mis labios, en tu piel, depositen un beso.

miércoles, 23 de abril de 2008

Aquella niña que fui


A veces me miro en el espejo, y no reconozco a la persona que me mira a los ojos, es una sensación extraña, desagradable, e incluso a veces es tan fuerte que me dan ganas de llorar. Es una tristeza amarga, como de añoranza o desilusión, porque si consigo centrar mi mirada única y exclusivamente en mi mirada, me doy cuenta que quien está ahí frente al espejo, es aquella niña con la cabeza llena de sueños, una niña con ganas de saltar al vacío y aprender a volar. Una niña que imaginó las cosas de otra manera, en una vida donde todo salía bien, donde no habían problemas, ni sufrimiento, ni mentiras, ni desamores. Una niña que se imaginó invencible, ganadora de toda lucha, sin lágrimas que derramar, ni perdones que pedir. Y ahora, ante una imagen muy distinta a esa niña, descubro que nada ha sido como imaginé, y que esa niña anda perdida en un bosque de incertidumbre donde la abandoné, y allí seguirá eternamente, preguntándose si el camino no existió, o por el contrario, fue ella quien no lo supo encontrar.

lunes, 21 de abril de 2008

Guillermo y ella

Sus masculinas manos, recorrían el cuerpo femenino, que se retorcía suave y lento al ritmo de las caricias. Él olvidaba quien era, y hundiendo la cara en el hueco que se formaba entre el cuello y el hombro de su amada, perdía toda noción. Amada y soñada, necesitada y buscada, en cada segundo de su existir, y ahora, en el umbral del tiempo que les esperaba, la recorría suavemente con sus labios cálidos y temeroso, subiendo, bajando, deteniéndose, continuando, suspirando, intentando pronunciar su nombre, sin poderlo conseguir.

Ella introducía sus dedos entre los cabellos de él, y cerrando la mano, casi, casi le producía dolor, pero ese casi, entrañaba tanto placer, que sin quererlo, sin evitarlo, el beso se convirtió en mordisco, y ella, con un ligero quejido, le advirtió del límite entre la pasión y él dolor.

Él deseado, poseído, amado, él sosegado, saboreando el cuerpo, ese cuerpo, que aunque imperfecto, le hacía perder el sentido, los sentidos, el rumbo, la dirección.

Besando, lamiendo, gozando de cada rincón que le llevaba hasta ese pecho palpitante, ardiente, erecto, que él extremadamente celoso mordisqueó hasta que ella vibró, y ya juntos, en una unión perfecta, él dentro, ella plena, él enloquecido, ella delirada, él perdido, ella llorada, consiguió decir entrecortada, Guillermo, Guillermo ¿me amas? Y él, en un susurro, entre lagrimas, con un suspiro, sorprendido, preguntó ¿si te amo? Te amo hasta el desgarro, hasta el dolor, te amo a cada latido de mi corazón, te amo en cada uno de mis pensamientos, te amo, porque si no te amo muero, muero de desesperación.

domingo, 13 de abril de 2008

Ausencia


En el silencio de la noche, en la soledad de mi estancia, en el triste no saber, ¿que siento, que padezco, que me pasa? Es tu ausencia o es la mía, es que me duele, o que me daña. Es que no sé ni tan siquiera, si me amas, o me atas. No sé si esta sensación, que tan extraña, me ahoga, me quema, me exalta. No sé quizás, si es o si no es, si será, o tal vez, sencillamente fue. Pero quiero respirar, sentir, vivir, soñar. Quiero que todo pase, o que se estanque, o simplemente que cambie. Quiero que la vida sea vida, y mis manos, desnudas, no tiemblen en la penumbra, al sentirse solas, vacías. Quiero que mi corazón caliente, palpite como siempre, sin necesidad de olvidar mí nombre, o tener que unirlo al tuyo… para siempre.

miércoles, 9 de abril de 2008

No sé si habrá cielo


En la noche plateada de estrellas tristes y solitarias, tus ojos descubren mi cuerpo, carente de curvas, y de pechos pequeños, que tus manos cubren haciéndome delirar de excitación. En esta noche con aroma a jazmín y brisa cálida del mediterráneo, tus labios saborean mi piel que se eriza con tu contacto, y entremezclamos sudores mientras tu cuerpo se acopla al mío, entre gemidos, que cortan mi respiración, tu respiración, nuestros suspiros.

En la noche silenciosa, que es cómplice de nuestra pasión, tu cuerpo, mi cuerpo, nosotros dos, en la unión, con ardor, al compas, sobre mí, sobre ti, juntos los dos. En esta noche en la que pierdo el sentido, el rumbo, la dirección. En esta noche en la que muero, renazco, vibro, en la que te tengo, te pierdo, te poseo, y tú me observas con tus ojos enamorados velados de pasión, y como con esfuerzo, como con dolor, me dices… te quiero. Y yo, muero, muero por dentro, y por fuera quemo, y tu piel y la mía arden juntas, se funden, y pienso, no sé si habrá cielo, pero si existe, seguro, no es mejor que esto.

martes, 8 de abril de 2008

Bajo tu ombligo


Bésame, pero bésame por dentro, lento o no lento, pero bésame, y cuando llegue el momento, no dudes, apodérate de mi cuerpo. Déjame que te bese, que te bese entero, bajando por el cuello, deteniéndome en tu pecho, y poco a poco, seguir camino, hasta tu ombligo, ¡qué camino!, que me muero, que te deseo, y bajo, bajo muy lento, ahora ya sí, me pierdo, y tú, tú te estremeces, y yo lo siento, te siento, tan erecto, tan cálido, y te tengo entre mis labios febriles de deseo, y te miro y veo, que tú te muerdes los tuyos, y tu respiración se agita, y llega, llega el momento, desbordas entre gemidos, y yo te bebo, bebo de ti, de tu cuerpo, de todo aquello que amo, de todo aquello… que en ti tengo.

miércoles, 2 de abril de 2008

Para todos los vanidosos


Hola queridos, ya es primavera y vamos una vez más hacia el buen tiempo, aunque la verdad es que parece que nunca se fue. Dentro de pocos días mi querida arca cumplirá su primer añito, parece mentira, como pasa el tiempo, y todo eso que se suele decir. Pero la verdad es que en ella el tiempo pasa lento, pesado, espeso. El polvo denso del esfuerzo intensifica el ambiente, y aunque no lo parezca hay acumuladas muchas horas, muchas sonrisas, y algunas lágrimas. Un esfuerzo gratificante, eso sí. Y me conformo con que a uno sólo de vosotros os haya hecho pasar un rato agradable.
Besos

viernes, 14 de marzo de 2008

Otros otoños vendrán


Te busco y cuando te encuentro, no estás, te has marchado, sin dejar nada atrás, te vas, sin mirarme, sin recordarme, sin piedad. Me ignoras con un profundo silencio, que me habla tanto de ti, de lo que no quieres, de que no me quieres, de qué prefieres, no quererme a mí. Y te alejas, dándome la espalda, sin mirarme, escondiéndome las lágrimas que tu orgullo callan, para poder olvidarme, y decirte, que nunca existí.

Yo me iré, intentando recordar tu recuerdo, intentando no olvidar el momento, que pudo ser, pero no fue. Me iré, a luchar otras batallas, que quizás gane mi alma, que en su soledad derrama, la sangre, que de tristeza helada, ya no calienta mi cuerpo, que tus manos dejaron desierto, antes incluso de posarse sobre él.

Lloraré, hasta la última de mis lágrimas, en un ahogado gemido, que te llegará enmudecido, y se abrazará a tus sesos, que sin saberlo, te hará permanecer unido, en el más profundo de tus recuerdos, a lo que fui, y tú no quisiste ver.

Y al final, tú sin mí, y yo sin ti, en una vida fugaz, que no supimos vivir, otros otoños vendrán, y perdidos en la inmensidad, tu amor y el mío, en otras guerras lucharán, queriendo encontrar aquello que fuimos, y que acabo en un enorme vacío, que queriendo ser olvido, se convirtió en castigo.

Pero ahora te digo adiós, te deseo lo mejor, aunque sé, que siempre te acompañare, y que aun queriendo negarme, he llegado a penetrarte, hasta aquel lugar, de tu yo más profundo, en el que juntos, en un mundo de tu imaginación, viviremos nuestro amor.

Sé que te arrepentirás, de haber callado palabras, de haber guardado silencios, y de haber usado el orgullo, como escudo, ante mí, para no tener que decir, te deseo, y deseo, que unamos nuestras mentes, que juntemos nuestros cuerpos, que tus besos sean mis besos, y mis pensamientos nazcan en ti. Sé que te arrepentirás, de no haber puesto tu pecho sobre mi pecho, y jurar amor eterno, ante la realidad, de que tu corazón suspira por mis suspiros, y mis suspiros, mueren en tu universo, habiendo querido, que abrazados, entrelazados, y amados, pudiéramos en nuestro sueño, compartir el infinito.

lunes, 10 de marzo de 2008

Lento, muy, muy lento


Sus ojos encontraron sus miradas, miradas profundas después de tanto tiempo. En ellas estaban todas las palabras escritas en el chat, explicando sus sentimientos. Tres años en un suspiro, por fin se hallaban en ese escenario perfecto, mecidos por el vaivén del mar, que ponía música a su encuentro.


Las emociones vividas, se materializaban en sus cuerpos, que después de tanto tiempo, se encontraban para poder sentir, lo tantas veces descrito.


Las manos ardientes acariciaban el cuerpo ajeno, llevando a la realidad lo infinitamente soñado, en quimeras de pasión, que ahora se quedaban pequeñas, ante tan inmensa realidad.


El cuerpo sobre su cuerpo, el aliento en su aliento, y por fin… lo sintió dentro. Sus ojos se llenaron de lágrimas, por saber no eterno el momento, y nació el movimiento, lento, muy, muy, lento.


En un susurro, como para dentro, ella dijo:


-Con calma


-Apasionada (contestó él)


-Amado y amada (dijo ella)


-En el todo, y en la nada (le suspiró él)


-ummm, con calma (gimió ella)


-ohh, con calma… y con el alma (le musitó él)


-ammm, bésame y calla (le ordenó ella)


Y en su movimiento, lento, muy, muy, lento, un cuerpo sobre otro cuerpo, un beso sobre otro beso, y un momento, que la pasión… haría eterno.

lunes, 3 de marzo de 2008

La lavanderia americana


Estaba allí, sentada frente a la lavadora industrial, observando como el bombo daba vueltas, incansable, mientras su ropa desde dentro parecía gritarle auxilio. Ella había sido una de las primeras en vaticinarle un fracaso estrepitoso a esa lavandería tipo americano, en la que a cambio de introducir unas monedas en una ranura, tenías un programa de lavado. Pues por muy increíble que a ella le pudiera parecer, el éxito había sido rotundo, a todas horas había personas esperando a que su lavadora terminara con el lavado y secado de la ropa, para poderse ir a casa.

Para Blanca era la primera vez, se le había estropeado su vieja lavadora, y el técnico después de clavarle 20 euros en concepto de desplazamiento, le había dicho que no valía la pena arreglarla, que le saldría más a cuenta comprarse una nueva.

Llevaba toda la semana yendo a tiendas de esas que te las venden más baratas porque tienen un golpecito, también había mirado en el mercado de segunda mano, pero no había encontrado nada que se ajustara a su pequeño, pequeñísimo presupuesto. Así que mientras seguía buscando, había decidido hacer uso de la lavandería americana. Y allí estaba, a las 10 de la noche sentada frente a una lavadora, observando como de vez en cuando aparecía furtivamente su sujetador rojo, peleándose por el protagonismo con su culot verde de corazones.

Estaba concentradísima en localizar sus Liberto entre todo el amasijo de ropa, cuando oyó que se abría la puerta de la entrada. Se giró sobresaltada y vio como un muchacho con look “casual” entraba en la lavandería. El chico la miró de soslayo apartando rápidamente la mirada, y sin saludar siquiera, se dispuso a preparar su lavadora.

“Buenas noches simpático”, pensó Blanca, y se quedó mirando descaradamente los movimientos de su compañero de lavado, que iba introduciendo sin ningún problema, camisetas de interior blancas, con un suéter rojo, una bufanda negra, unos tejanos azul marino, otros desgastados, una camisa verde manzana, toallas naranjas, etc., etc., hasta llegar a unos calzoncillos lilas con corazoncitos amarillos. Justo cuando estaba poniendo el detergente, Blanca no pudo más y lo interrumpió:

-Perdona, ¿es la primera lavadora que pones?

Daniel que llevaba rato sintiendo en su cogote la mirada fija de la morenaza con cazadora de cuero, pensó, “¡ya estamos!, si es que todas son iguales, se tienen que andar metiendo en las cosas de los demás, no pueden estar calladitas”, y en tono molesto le contestó:

-Pues mira no, ¿algún problema?

-Bueno bueno, no te pongas así, que no era mi intención molestarte, pero ahora que lo preguntas, pues si, mira, que yo sepa no soy transparente, y cuando se entra en un sitio que hay alguien, como mínimo se tiene que saludar, que esas son las pequeñas cosas que nos diferencian de los animales. Lo de la lavadora, te lo digo porque como la pongas en marcha, esas camisetitas blancas relucientes que has metido al principio, te van a salir de un color cachumbo que las vas a tener que tirar todas, la camisa verde manzana seguramente pasará a verde caqui y…

-Pero si resulta que la señorita ha estado espiando todos mis movimientos, cotilleando mi colada, y encima me quiere dar lecciones de educación. Pues te voy a decir una cosa, doña metomentodo…

-Oye oye, tranquilito, no te pongas impertinente, que yo sólo quería ayudarte, pero no te preocupes, haz lo que quieras, total a mi me da lo mismo si estropeas toda tu ropa.

Blanca se giró hacia su lavadora y clavó la mirada en el bombo que seguía dando vueltas sin parar.

Daniel se quedó parado frente la lavadora abierta, dudando entre ponerla y someter a su ropa a un caos inminente, o comerse su orgullo y preguntarle a la morenaza que ropa debía quedarse fuera. Tras dudar unos minutos empezó a hablar suavemente:

-Oye, mira, perdona. Ya sé que no es escusa y que tú no tienes la culpa, pero no estoy pasando por un buen momento y estoy un poco nervioso. No debía haberte contestado tan mal, ya que tú sólo me querías ayudar, así que te pido mil disculpas.

-Hummmm. Espera que me lo piense…bueno vale, estas perdonado, pero por favor, no pongas en marcha la lavadora.

El muchacho soltó una sonora carcajada que resonó en la lavandería.

-Vale, vale, pero entonces ayúdame.

Blanca se puso a separar la ropa de Daniel, mientras le explicaba su odisea con la lavadora.

Cuando ella acabo de ponerla y el bombo comenzó a dar vueltas Daniel pensativo le comentó:

-Y ahora con esta que queda ¿que hago? No da para otra lavadora ¿no tendré que lavarla a mano?

-Bueno es una opción, también puedes dejarla apestando en un cesto hasta que tengas más. Pero ahora que lo pienso, yo también tengo para media de blanco, así que si quieres quedamos mañana a la misma hora, y ponemos una para los dos.

-Bueno, si no te importa que mis camisetas se revuelquen con tus braguitas, por mi estupendo.

-Lo siento chaval, pero yo no uso ropa interior blanca, es demasiado clásica para mí.
Blanca recogió su ropa, la dobló cuidadosamente, y se despidió de Daniel hasta el día siguiente.

Llegó a su apartamento y encendió las doce lámparas que alumbraban el salón. Era una enamorada de las lámparas de todo tipo. Después encendió la televisión y fue a la habitación a cambiarse. Se sentó en el mullido sofá con un gran tazón de caldo entre las manos, y se quedó pensando en Daniel. Era un chico de aspecto triste, melancólico, y no sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que llegarían a tener una gran amistad. Sentía que tenían algo en común. Quizás, si su ruptura con Ricardo estuviera más lejos, miraría a Daniel de otra manera, pero ahora no. Su corazón estaba roto, completamente destrozado, el hombre de su vida se había marchado sin dar muchas explicaciones, la había dejado sin contestar sus preguntas, y ella, se sentía como una gacela herida en el bosque, sola y sin fuerzas.

Sonó el despertador a lo lejos, como casi cada noche, se había quedado dormida en el sofá, enroscada en su suave mantita de cachemira. Se levanto desperezándose, tenía que darse prisa, o llegaría tarde.

Había pasado un día agotador, se sentía especialmente cansada, había quedado con Daniel a las 10h en la lavandería y ya se le hacía tarde, así que recogió el capazo con su ropa sucia, y se fue.

Desde fuera vio al muchacho sentado con un libro en las manos, empujó la puerta y entro.

Daniel levantó la mirada y le dedicó una amplia sonrisa a Blanca:

-Hola ¿llego tarde? (le preguntó ella)

-No, que va, soy yo que siempre llego antes, es una manía.

-¿Nos presentas? (le dijo señalando el libro que él tenía entre las manos)

Él, bajó la mirada hacia el libro, y sonriendo le contestó:

-Sí, claro: Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías (le dijo ofreciéndole el libro).

Ella lo cogió, y observando la portada le pregunto.

-¿Está bien?

-Debería decirte que sí, que es un estupendo libro, lleno de suspense y surrealismo, con preciosas citas de Shakespeare, pero lo cierto que es un poco aburrido.
Quédatelo, lo lees y luego me cuentas.

-¿Qué es una venganza?

-Bueno… ¿tanto se ha notado?

Compartieron carcajada y se dispusieron a introducir la ropa en la lavadora, para poder comenzar el lavado.

Mientras el bombo daba vueltas intermitentes entremezclando su ropa y formando torbellinos de espuma, Blanca y Daniel hablaban sin cesar del ayer, del mañana, de los sueños, las ilusiones, de aquellas cosas que creían importantes, aquellas cosas que solían callar. Blanca observaba las pequeñas arrugas que se formaban en la comisura de sus labios, mientras él no paraba de hablar. Adivinaba en Daniel a un hombre sensible, sin intención de esconder sus sentimientos, un hombre que no tenía miedo a reconocer sus debilidades. Y se miró en sus ojos, en los que vio un halo de tristeza, la sombra de la angustia oscureciéndolo todo, y sin casi darse cuenta, sin querer hacerlo, pero sin poder contenerse le pregunto:

-¿Te han hecho daño?

Daniel bajó la mirada, y empezó a juguetear nervioso con el anillo que rodeaba su dedo corazón.

-Perdona, perdona. (Le dijo avergonzada Blanca)

-No, tranquila, no importa, quizás sea mejor hablar de ello, para poder ir asumiendo un hecho que me cuesta admitir.

Daniel empezó a contarle una historia de amor, en la que dos corazones se encontraban en el espacio, dos almas se unían en el tiempo, porque el destino así lo había querido, porque tenía que ser así. Y ellos, dos hombres que tuvieron que salvar muchos obstáculos, y superar muchas barreras propias de sus perjuicios, habían conseguido aceptar lo que estaba por encima de todo escrúpulo moral, su amor, un amor puro y real, auténtico, que poco a poco había pesado demasiado en la conciencia de Ricardo, que había encontrado en Daniel su primer amor homosexual.

Daniel no pudo hacer nada por retenerle y lo dejó marchar, con tristeza, con frustración, y con un sentimiento punzante, doloroso, de culpabilidad.Blanca lo escuchaba absorta, con sus ojos llenos de lágrimas, oyendo su propia historia, contada por otros labios. Vio como el muchacho sacaba de su cartera una foto, que después de observar durante unos segundos, le tendió para que ella la viera. Blanca la cogió con delicadeza, como si se fuera a romper, y poco a poco, como con miedo, le fue dando la vuelta. Cuando sus ojos descubrieron el rostro que desde el papel le miraba, sintió como el aire se espesaba, y los latidos de su corazón bombeaban con fuerza la sangre, haciéndole sentir un intenso mareo en el que creyó desvanecer.
Lentamente alzo la mirada hasta cruzarla con la de Daniel, no hizo falta decir nada, el silencio lo dijo todo, y en aquel momento los dos supieron que estarían unidos para siempre por una profunda amistad.
En ese preciso instante, la lavadora comenzó a centrifugar.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Cuando...




Cuando el amor llega en su eternidad, en su para siempre.
Cuando lo perdonas todo, porque no hay nada que perdonar.
Cuando el cielo es del color de sus ojos, y tu piel huele a su piel.
Cuando la pasión nace con un simple recuerdo, y cada noche tienes con quien soñar.
Cuando un triste día todo se acaba, y el para siempre es un nunca más.
Cuando ya no perdonas, porque no se puede perdonar.
Cuando el cielo esta gris, y tu piel fría como la escarcha sobre el cristal.
Cuando la pasión muere, y ya no puedes soñar.
Cuando la nada es un todo, y no queda nada por lo que continuar.
Es hora de decir adiós, y marcharse… sin mirar atrás.


martes, 12 de febrero de 2008

Sin tí


Todavía sentía sus manos sobre su cuerpo, todavía le ardía el alma, pero ella ya no estaba. Había marchado a otro sitio, a otro lugar. Ni siquiera se había despedido, ni un beso, ni una caricia, ni un adiós. Y él, desnudo de cuerpo y alma, en la soledad absoluta, observaba cómo el mundo oscurecía. Oía el crujido de la desesperación, él se lo había dicho –no puedo vivir sin ti-, pero ella no le había hecho caso, sólo una ligera sonrisa para una verdad tan dolorosa. Ahora todo cambiaría, ella siempre lo recordaría, en sus oídos resonarían como martillos incansables golpeando sin cesar una y otra vez sus palabras, -no puedo vivir sin ti-. Ahora, formaría parte de su vida para siempre, ella nunca le podría olvidar.
El sueño se apoderaba de él, el sueño eterno en el que deseaba descansar. Mientras se adormecía recordó sus ojos castaños, sus labios de seda, y el olor de su piel. Sonrió tranquilo, sereno, lleno de amor, de paz, y en su último suspiro con un leve susurro se despidió…Adiós, vida mía.

miércoles, 23 de enero de 2008

El desván




Cuando yo era una niña, solíamos pasar los veranos en casa de mi abuela. Ella vivía en una antigua casa de Santa Pola, un pueblecito a 17 Km. de Alicante, en la calle José Alejo Bonmatí para ser exactos. Era una casa grande, un caserón cuya puerta de entrada de madera maciza, tenía un palmo de grosor.
Cuando entrabas en ella, era como retroceder en el tiempo. Candelabros, espejos abombados y calderos de cobre, convivían con hermosos suelos de cerámica y techos adornados con imponentes rosetones. Había dos estancias que me gustaban especialmente, la cocina, con el hogar siempre encendido y su gran puerta de arcada con salida al jardín, y el desván. A mis tres hermanos este último nunca les gustó. La mayor decía que ahí sólo encontraría fantasmas, mi hermano que todo eran trastos viejos, y la mediana que le daba asco tanto polvo. Así que yo siempre subía sola. Creo que allí empezó mi afición por la restauración, disfrutaba limpiando y adecentando algunas de las piezas que dormitaban entre las telarañas.
En los días claros, el sol entraba por una bonita buhardilla desde la que se veía el mar, y en los días grises me alumbraba con un viejo candil bastante oxidado. Siempre había algo nuevo por descubrir, desde un pequeño portarretratos con alguna foto en blanco y negro, hasta antiguos libros de hojas amarillentas. Yo siempre decía que si todo aquello no lo quería nadie, sería para mí, aunque al final sólo conseguí algún que otro libro, que lógicamente conservo como oro en paño, y alguna cosa más.
Un día rebuscando en un gran baúl de cuero, encontré una caja de madera, en cuya tapa había tallada una flor de lis, tenía una cerradura de la que no encontré la llave, y que intente abrir con un gancho como ya había hecho con otras, pero me fue imposible. Cogí la caja y bajé a enseñársela a mi abuela para ver que me podía explicar sobre ella, pero no hubo suerte, según me dijo nunca antes la había visto, así que no tenía ni idea de que podría llevar dentro. Le pedí permiso para forzarla y ella me lo dio, así que volví al desván y me puse manos a la obra. Lo intente haciendo palanca con un destornillador, quise saltar la cerradura con un escarpelo y un martillo, pero no hubo forma, tenía miedo de dañar la madera, así que la volví a guardar en el baúl de cuero, y me olvide de ella.
Años más tarde, cuando estaba estudiando arquitectura, decidí pasar unos días en casa de mi abuela para preparar los exámenes finales. Yo estudiaba en una acogedora estancia de grandes ventanales, desde los que contemplaba los rosales de los que tanto se enorgullecía mi abuela, y me permitía el lujo de utilizar un precioso secreter del siglo XVIII, en el que disfrutaba guardando notitas en sus escondidos y disimulados cajoncitos.
Una tarde gris de tormenta nos quedamos sin luz, así que mi abuela y yo tuvimos que encender todos los candelabros, quinqués, candiles y lámparas de aceite que había en la casa. Como iba bastante adelantada en mis estudios y el apagón había roto mi concentración, decidí recuperar antiguas notas rebuscando en los cajoncitos del secreter, y al abrir uno de ellos hallé una pequeña llave de plata en cuya empuñadura había grabada una flor de lis. El corazón me dio un vuelco, puesto que ese mismo cajón lo había abierto un millón de veces, y nunca había visto esa llave. La cogí, y me dirigí al salón donde mi abuela conversaba animadamente con dos amigas, mientras degustaban un tazón de chocolate caliente y melindres.
-Abuela ¿has guardado tú esta llave en el secreter? (le pregunté)
Ella se colocó bien las gafas para poder observarla, y pensativa me contesto:
-No hija no, aunque es francamente bonita.
Y continuó hablando con sus amigas.
Cogí el delicado quinqué de cristal tallado que descansaba sobre el buró, y emprendí mi camino sabiendo lo que iba a buscar.
Al entrar en el desván, pensé que por suerte aunque la luz no había vuelto, la tormenta sí que había remitido, porque sino aquello iba a parecer la típica escena de una película de terror, que aunque no me considero una persona miedosa, he de reconocer, que aquella situación me puso un poco nerviosa.
Dirigí mis pasos al baúl de cuero, lo abrí, y comencé a rebuscar en su interior, en seguida di con ella, la cogí y permanecí unos segundos observándola maravillada, la luz del quinqué resaltaba los brillos de la madera bien lustrada. Introduje la llave en la cerradura y casi podría asegurar que giró sola, en ese mismo instante, un agradable aroma a ámbar perfumó la estancia. Levante poco a poco la tapa, como con temor a romper algo, y frente a mis ojos apareció un precioso anillo de oro rojo, en el que lucían engarzadas tres piedras de ámbar, una negra, una naranja y una roja. Me probé el anillo en el dedo anular, y comprobé que me iba perfecto. No sé cuanto tiempo pase observándolo, pero cuando me levante del suelo ya había anochecido.
Las amigas de mi abuela ya se habían marchado, y ella preparaba un gazpachuelo para la cena.
- Abuela, mira que he encontrado
Le dije enseñándole la mano en la que lucía el anillo. Ella mirándolo con cara de asombro exclamo:
- ¡Oh! ¡Dios mío!
- ¿Qué pasa abuela? (Le pregunté asustada)
Ella se sentó en una de las sillas que rodeaban la gran mesa de cocina, y con voz ronca y semblante triste, empezó a relatar:
- Tu abuelo antes de conocerme, se casó con una joven muchacha. Al poco de casados, ella se quedó embarazada, y tras un complicado embarazo, nació un precioso niño de ojos azules…, tu padre. A los veinte días de dar a luz, la muchacha desapareció dejando una nota en la que explicaba que no se sentía capaz de criar a un bebe, y que ni tan siquiera estaba segura de estar enamorada de su marido.
Yo conocí a tu abuelo tres meses después de la tragedia, estaba sólo y triste, a cargo de un recién nacido al que no sabia muy bien como cuidar.
Me enamoré enseguida de él, y creo que él de mí también. Movimos todo lo necesario para podernos casar y hacer que el niño constara como hijo mío. Que es como lo he considerado siempre… hemos sido muy felices los tres juntos. Y ése (dijo señalando mi mano), fue el anillo de prometida que le regaló tu abuelo, a tu abuela.
- Abuela, tú eres, has sido, y serás, siempre mi abuela. Pero no sé porque no me lo habéis contado antes, o es que ¿ni siquiera mi padre lo sabe?
- Sí, tu padre sí lo sabe, se lo explicamos tu abuelo y yo. De hecho fue él, el que decidió que nadie más debía saberlo. Así que ni tu madre, ni tus hermanos saben nada, y ahora te toca a ti guardar el secreto.
Me quité el anillo y cuando me levanté para ir a guardarlo en su sitio, oí a mi abuela decir:
- Creo que deberías quedártelo, pero eso sí, que no lo vea tu padre, dijo que nos deshiciéramos de él.
Así lo he hecho a lo largo de todos estos años, y siempre me he preguntado, si mi abuela sabía lo que había dentro de la caja, y si fue ella la que puso la llave en el secreter… hay secretos en la vida, que uno no quiere llevarse consigo.
Nunca he sabido muy bien que hacer con la preciosa joya, pero ahora que soy madre adoptiva de una lindísima niña, que curiosamente tiene el mismo nombre que el que está grabado en el interior del anillo, he decidido guardárselo, ya que como no creo en las casualidades, y sí en el porqué de las cosas, estoy segura que hace ya muchos años, lo compró su bisabuelo para ella.

lunes, 21 de enero de 2008

Para todos los vanidosos


¡Cuánto tiempo! Desde el año pasado que no vengo por aquí, he estado un poco ocupada con las fiestas y esas cosas ya sabéis, y además he encontrado un sitio en el que me gusta perderme, se llama Carpe Diem, os invito a que lo visitéis, seguro os gustara, allí me encontrareis, con otro nombre, pero enseguida me reconoceréis.
Bueno feliz año, y que el 2008 cumpla vuestro deseos.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Sin espacio ni tiempo




Había parado el coche en el mirador de la carretera. La luna casi llena iluminaba la playa dejando ver la furia de las olas estrellándose contra las rocas. La espuma tenia un brillo fluorescente que hipnotizó a Alberto.
Allí se quedó, parado, con la mirada fija en el mar y una tristeza que no terminaba de entender quemándole las entrañas.
Que absurdo era todo, tenía 38 años y se sentía enamorado como uno de quince, con ese pensar cada momento en ella, con esas ganas de llorar al no poderla ver, y ese cosquilleo en la barriga cuando la tenía cerca. Era irracional y delirante, las emociones le revolvían el estómago hasta darle ganas de vomitar, y lo peor de todo era no poder controlar los sentimientos.
Hacía ocho años que vivía con María y tenían dos hijas gemelas de seis. Su relación era buena, con sus altos y sus bajos, como todas, estancada en la rutina de la vida cotidiana, como tantas y tantas parejas que forman una familia.
A Ángela la conoció por casualidad, cada año en la empresa les obligaban a hacer cursillos, esta vez podían elegir entre psicología, ingles o relajación. Alberto había elegido relajación, porque la psicología le aburría soberanamente y para el inglés era un completo negado. Las clases eran de dos horas el primer jueves de cada mes, en horario laboral, de seis a ocho, así que cuando terminaba se iba a casa directamente.
Al principio Ángela no le había llamado la atención, era la profesora, tenía 42 años como ella misma confesó al presentarse el primer día de clase. El pelo castaño por encima de los hombros, casi siempre recogido con una pinza, y los ojos pardos, con una mirada entre melancólica y misteriosa. Poco a poco Alberto se había comenzado a sentir profundamente atraído por ella.
Últimamente cuando hacía el amor con Maria pensaba en Ángela, nunca antes había hecho una cosa así, y no se sentía bien, puesto que el amaba a su mujer, pero no podía evitarlo. Pasaba los días contando los que le faltaban para verla, y cuando llegaba el momento se sentía nervioso, luego, al terminar la clase, le inundaba una tremenda tristeza.
Observaba a Ángela para poder adivinar si ella sentía algo parecido hacia él, pero no advertía el menor indicio de acercamiento, quizá más bien, una cierta indiferencia.
Se estaba obsesionando y eso empezaba a preocuparle.
Una tarde fría y lluviosa al llegar a la pequeña academia la encontró cerrada, empujó ligeramente la puerta y sin ofrecer resistencia se abrió. Estaba todo en penumbras, sólo al final del pasillo brillaba una tenue luz. Alberto avanzó lentamente dejando atrás la puerta del aula en la que acostumbraban a dar clase, extrañado por el silencio y la quietud:
- ¿Hola? (dijo quedo).
- Adelante. (contesto Ángela)
Alberto siguió caminando hasta llegar al lugar de donde se filtraba la luz, dio unos ligeros golpecitos en la puerta con los nudillos y la abrió lentamente. El olor a incienso natural impregnaba el aire, e hilillos de humo bailoteaban en la penumbra al suave ritmo de la música sacra, que sonaba suavemente en la media luz creada por las lámparas, que tapadas con pañuelos de seda le daban un ambiente exótico a la sala. Allí, sentada en un gran cojín que descansaba sobre una mullida alfombra de pelo, estaba Ángela con las piernas entrecruzadas y sujetando con sus manos un gran tazón humeante.

- Hola, (le dijo sonriente) ¿Qué haces aquí? Hoy no hay clase ¿no te han avisado?
- Pues no la verdad, nadie me ha dicho nada.
- Siento que hallas venido hasta aquí, pero yo esta mañana llamé a la empresa para decirles, que como algunos alumnos me habían avisado que no podrían venir, pasábamos la clase al jueves que viene.
- Bueno da igual, no te preocupes así me he paseado y de paso, escaqueado del despacho
- ¿Quieres una infusión de azahar? (le dijo mostrándole el tazón que tenia entre las manos)
- ¿Una infusión de azahar? (le contesto él sorprendido)
- Si bueno, desde jovencita mi madre me la daba para los dolores menstruales, pero no te asuste también sirve para relajarse, conciliar el sueño y más cosas. Y la verdad es que está muy buena, pero si quieres tengo Hierba Luisa y Escaramujo.
- ¡Humm! La Hierba Luisa me encanta, pero no quisiera molestarte.
- No es molestia, mira, tú coge ese cojín de ahí, acércalo y ponte cómodo, mientras yo te preparo la tisana (le dijo mientras se levantaba y le señalaba un gran cojín de terciopelo rojo, que estaba junto a otros más pequeños en un rincón de la habitación).
Alberto se sentía tranquilo, relajado, un calido bienestar invadía todo su cuerpo. Puso su cojín junto al de Ángela, y observando como preparaba la infusión, supo que algo iba a cambiar ese día, ese momento.
Hablaron del crecimiento personal, la meditación, el tantra, “la ciencia de la vida”el Ayurveda, al final, para hacer una demostración práctica Ángela le ofreció un masaje relajante, y Alberto propuso que fuera al revés, él le daría el masaje, guiado por ella. Después de una pequeña discusión, cubrieron la alfombra con unas toallas, pusieron unos cojines y Ángela le dio una botellita de aceite de ciprés, luego se quito toda la ropa menos las braguitas y se tumbo boca abajo. Alberto que se había ido al baño deliberadamente para que ella se sintiera más cómoda, entró en la habitación y al observarla casi desnuda, sintió como se le aceleraba el corazón. Lentamente se impregnó las manos con el aceite, y las puso sobre su espalda, era una piel suave tersa, empezó a acariciarla y Ángela comenzó a guiarle. Al principio la oía lenta, segura, con la voz calmada, luego y poco a poco dejó de oírla, sus manos se deslizaban como encantadas, presionando con delicadeza, sintiendo la calidez, los músculos relajados pero fuertes se revolvían entre sus manos que moldeaban los muslos firmes. Al subir por sus caderas, Alberto sintió que se mareaba, le parecía que todo daba vueltas. Ya no sentía el aroma a incienso ni al aceite de ciprés, sólo la olía a ella, la fragancia de su piel, su feminidad, su esencia de mujer. La música sacra ya no se escuchaba, únicamente un ligero y suave tintineo de cascabeles repiqueteaba en sus oídos, cerro los ojos y aspiró fuerte, al volverlos a abrir vio como una ligera neblina les envolvía. Un suave gemido lo sacó de su éxtasis. Lenta muy lentamente Ángela se dio la vuelta, sus pechos maduros representaban la belleza en si, serena, calida, la belleza amada, deseada, la del fondo del amor, la que te enloquece, la que te hace vibrar. Poco a poco Alberto fue subiendo su mirada hasta enlazarla con la de ella, en sus ojos vio el universo lleno de estrellas, de planetas, de vidas, vio en ellos la transparencia de los ríos, la pasión del fuego, la energía de la tierra.. Y sabiéndose perdido se dejó llevar, cayó vencido.
Perdieron la noción del tiempo, del espacio, haciéndose el uno del otro, perdiendo su identidad, entregando aquello tan profundo, tan íntimo, que duele tanto sacar. Los dos en silencio, exhaustos, permanecían quietos, apretados el uno contra el otro, calados de temor, seguros de que ya nada volvería a ser igual.
Sonó el teléfono inquieto, exigente, Ángela corrió a cogerlo
La realidad le abofeteó la cara, era su marido preocupado, ella se excusó, le dijo que ya pronto estaría en casa.
Alberto se vistió, ella desnuda lo observaba, se abrazaron, él hundió la cara en su cuello e inhaló su aroma, se lleno de ella, se besaron y poco a poco separaron sus cuerpos. Sabían que era el principio, pero que debía ser el final. Sus almas se habían encontrado a través de sus cuerpos, y ahora sus cuerpos se decían adiós con el dolor de sus almas.
Ángela supo que su vida iba a cambiar, hablaría con su marido, no quería engañarlo, ni hacerle daño, era injusto seguir a su lado sabiendo que nunca podría darle, lo que se había llevado Alberto. Alberto por el contrario, seguiría con María en su rutina cotidiana, imaginándola Ángela, en cada momento.
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Para todos los vanidoso




Felices fiestas y que el año próximo os traiga lo que realmente necesitéis. Yo os he querido hacer un pequeño regalo en el que he puesto toda mi ilusión, deseando que os guste, si no es así lo siento de corazón, pero os prometo que en el 2008 lo intentaré hacer mejor.
Muchos, muchos, besesitos para todos.

martes, 11 de diciembre de 2007

Uno más


Hoy cumplo cuarenta tacos, ¿por qué no decirlo?, cuarenta añazos, cuarenta añitos, cuarenta primaveras, o en mi caso, cuarenta otoños. Felices e infelices, de amor y desamor, de alegrías y tristezas, de salud y enfermedad, hasta que la muerte venga a buscarme.

Estoy contenta como siempre, nada especial, alegre porque me miro en el espejo y me veo de puta madre, y sorprendida porque al mirar algunas fotos me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Pero sigo siendo yo, la misma que hace veinte años cumplió veinte, la que al cumplir treinta, se sintió mejor que nunca, y ahora con cuarenta, se encuentra insuperable, ¿a los cincuenta seguiré pensando lo mismo? Supongo que si.

En un día como hoy quiero dar las gracias por lo que tengo y por lo que no tengo, disculparme por esos momentos en los que me quejé de algo, avergonzarme por los días en los que me sentí desgraciada, y expresar, que me arrepiento de las veces que malgasté mi tiempo con un cabreo, de las que me callé un te quiero y de las que escatime un beso. Por eso seguiré en mi empeño, de robarle al tiempo su paciencia, aprender del verano la alegría, y del otoño el sosiego, para igualarme en belleza a la primavera, con un toque de misterio del invierno.

Y no puedo despedirme sin antes recordar a todas y cada una de las personas que se han cruzado en mi camino, porque de ellas aprendí, y a todos los animales que formaron parte de mi vida, porque ellos también me enseñaron, y decir, que de unos más y de otros menos, pero de todos, me quedo con lo más bueno, que soy como soy, intentando mejorar eso si, intentado no perder nunca la ilusión, intentando siempre, cumplir un sueño.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Fuego Interior


Este fuego que ya no calienta”, canta Fiti con esa voz que me llega al estomago haciéndome cosquillas, y es verdad que ya no calienta, aunque otro me quema por dentro, otro fuego nuevo, extraño, carismático, vertiginoso. Otro fuego que me remueve las entrañas y despierta mis miedos. El fuego de la pasión, de lo prohibido, del peligro, un fuego que ni siquiera sé si existe o si ha prendido llama, pero que me hace volar y eriza mi piel.Si cierro los ojos, siento que me quiero quemar, quiero arder entre las llamas, aunque luego, más tarde, en la tranquilidad, en el sosiego, me balanceo en el agua que todo lo calma, y vuelvo a la rutina, con su equilibrio, su estabilidad, su templanza, es como morir por dentro, en silencio, en soledad, en la nada. Pero siempre me quedaran los sueños en los que ardo apasionada, en los que mi piel al rojo vivo no se apaga, y mi corazón estalla. Sueños en los que muero delirada quemándome entre las llamas, mientras escribo mi nombre, un nombre, que ya, no me dice nada

jueves, 4 de octubre de 2007

Sofía


Como cada mañana, a las 08’00 en punto, sin retrasarse un segundo del reloj digital que le salió a su madre en un tambor de detergente. Sofía emprendía el camino hacia la escuela. Hoy su madre no quería dejarla marchar, pues había oído en la radio que habrían ventiscas, y con el frío que hacia y la nieve que había caído durante la noche, era mejor que se quedara en casa, además así la ayudaría a ella con las tareas del hogar. Sofía insistía en que habían dicho que las ventiscas serían por la tarde noche, y que hoy en clase de naturales estudiarían la fotosíntesis, y ella no se lo quería perder.
Iba contenta, aunque hacía un frío que pelaba, su abrigo era heredado de una prima suya que a su vez lo había heredado de su hermana mayor, así, que después de tantas lavadas estaba más fino que el papel de fumar. Llevaba el gorro que le había hecho su madre, una bufanda de lana apelmazada que le irritaba el cuello, y unos guantes que tenían más agujeros que un queso gruyer, pero eso sí, se había puesto dos pares de calcetines y las botas de agua forradas de borreguillo que le había regalado su abuela hacía ya dos años. Se las compró grandes para que le duraran, aunque ahora ya empezaban a apretarle, pero al menos los pies los llevaba calentitos.
Cuando ya se había alejado de la casa, sacó a Cecilia de su vieja cartera. Cecilia era una bonita muñeca de trapo que había hecho ella misma, y que escondía, porque los ojos eran dos delicados botones de cristal azul que había cogido del costurero de su madre.
- Mira Cecilia que bonito está todo tan blanco. ¿A que nunca lo habías visto tan nevado? ¡Mañana es mi cumpleaños! ¡Cumplo 10 años! ¡Así que le pediré a la princesa de las Nieves que te convierta en una niña de verdad, para que podamos jugar, reír y saltar juntas! ¿Te imaginas, Cecilia? ¡Eso sí que sería un regalo de verdad!
Sofía se agacho para hacer una bola de nieve con su mano derecha, mientras aguantaba
a Cecilia con la izquierda.
-
¡Uf! Como me duele la espalda, es de los golpes que me dio el otro día papá, se enfadó mucho, pero es que tenía razón, se me calló el vaso de leche que me había pedido, y la leche no se puede desperdiciar, pobrecito ¡va siempre tan cansado!, perdió los nervios y me atizó con el cinturón. Ahora ya me duele menos, así no se me olvidará, y la próxima vez, tendré más cuidado.
Parece que se está levantando aire, ¡Mira Cecilia! ¡Empieza a nevar!
Sofía siguió caminando, sus pasos eran lentos debido a la nieve en la que se hundían sus pies, y a la resistencia que empezaba a ponerle el viento.
- ¿Has visto que hoja tan bonita? Se la voy a llevar a la Señorita Ana para que la cuelgue en la pared, casi todas las que hay decorando la clase las he llevado yo. (dijo abriendo la cartera). La guardaré junto al almuerzo, que hoy he tenido suerte, anoche a papá le sobró un trocito de queso y un buen mendrugo de pan, así que hoy Natalia no se podrá reír de mi diciendo que sólo como pan duro como los tontos. Ella siempre lleva bocadillos de pan crujiente untado en mantequilla, con jamón cocido, chorizo, queso, e incluso algunos días los lleva con jamón cocido y queso a la vez. A veces me gustaría decirle que me lo deje probar, pero no se lo pido porque sé que no me dará, y encima se reirá de mí. ¡Hala! son las 08’20 y todavía no hemos llegado al gran castaño, como no me de prisa llegaremos tarde, pero es que cada vez me cuesta más andar con este viento.
Sofía iba encorvando poco a poco su cuerpecito para poder avanzar entre la ventisca, el frío que traspasaba fácilmente su viejo abrigo iba calando en sus pequeños huesos, y el cansancio sin que se diera cuenta, se iba apoderando de ella.
-
Cecilia ¿sabes una cosa? El otro día cuando papa entró en mi habitación, ¿te acuerdas que yo te apreté fuerte contra mi pecho? Se acostó en mi cama junto a mi, y metió su mano por dentro de mis braguitas, yo no quería y comencé a llorar, pero él me dijo que estuviera tranquila, que lo hacía porque yo era una niña mala, y que si se lo decía a alguien me mandarían a un colegio de niñas malas donde ya no podría ver nunca más, ni a mamá, ni a mis hermanitos. Yo no quiero ir a ese colegio, tengo que aprender a ser buena, yo sé que papa lo hace para enseñarme, que él no lo quiere hacer, ¡pero yo soy mala!, Cecilia ¿crees que alguna vez podré ser una niña buena?
Sofía seguía caminando por el sendero que le llevaba al único sitio donde conseguía ser feliz, y hoy era un día especial, ¡iban a estudiar la fotosíntesis!, pero cada vez tenía menos fuerza.
- ¡Mira Cecilia esa piedra! Nos sentaremos un ratito para descansar, si llegamos un poquito tarde yo se lo explicare a la Señorita Ana, y ella lo entenderá, es tan buena, nunca me castiga y siempre dice que soy una niña muy lista.
Sofía se sentó junto a la piedra para resguardarse del viento, y metió a Cecilia dentro de su abrigo para protegerla del frío. Miró su reloj digital y vio que eran las 08’45, ahora me levanto, pensó, pero siguió sentada observando sus manitas enfundadas en esos guantes raídos, que aunque eran viejos a ella le gustaban. Sacó la hoja de su cartera y contemplándola murmuró, seguro que a la Señorita Ana le encanta, pero una ráfaga de aire se la quitó. Sofía observó como se la llevaba el viento haciendo piruetas, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Volvió a mirar el reloj y vio que marcaba las 09’00 en punto, hoy llego tarde, ¡nunca dejaré de ser una niña mala! Cerró los ojos y dejó de sentir el frío y el viento en su cara, cuando los entreabrió vio una figura que se acercaba a ella
- ¡Oh Cecilia, eres tú!
Exclamó sonriendo, por fin su sueño se había hecho realidad…, y Sofía se quedó dormida.